BALADA PARA UN SOLDADO
3.- Réquiem
El domingo que resultó
dieciocho días después de su cumpleaños número noventa y dos ADAN, el Hombre de
la Tierra, fue visto por parientes, amigos, conocidos, bienhechores y hasta por
gente ajena que lo conocía solamente por mentas, en muchos lugares y en
diferentes situaciones, a un mismo tiempo o en un lapso muy breve; tanto en su
natal Abra Hermosa, así como en la Ciudad de la Llanura, elegida por él para
vivir con sus hijos el resto de su vida, a la muerte de su esposa, ocurrida en
plena juventud. Las extrañas visiones sucedieron durante el lapso que
transcurre entre las ocho y las doce, hora en la que su hija mayor lo vio
plácidamente acostado en la cama, boca arriba, los dedos de ambas manos
entrelazados sobre el pecho y el semblante amoroso. Casi radiante.
TIMOTEO TITO, el que
ama a Dios, defensor de la fe, fue de los primeros en ver al mítico Adán, el
Hombre de la Tierra, vestido de traje negro, camisa blanca y moño de terciopelo
negro, sin bastón ni sombrero, antes de empezar la homilía prevista para los
feligreses de la Iglesia Evangélica Carismática
del Don Divino de Lenguas.
Era, Timoteo Tito, el
hijo que Rosendo Tito, coronel de guerra, había dejado en gestación, el día que
se fue de este mundo, expulsado violentamente por 47 proyectiles disparados con
tres fusiles Mauser, en simultáneo, que impactaron en su valiente humanidad.
Tras una infancia
feliz, en el barrio más antiguo de La Ciudad la Llanura, que incluyó las
primeras lecturas en la Escuela Rafael Peña, Timoteo Tito se enroló en la
euforia deportiva y futbolera barrial. Fue gran nadador y glorioso futbolista
en el advenimiento del profesionalismo. Concluido su ciclo competitivo en los
deportes, se enroló en la planificación del desarrollo de la urbe insurgente,
pero a poco tiempo escuchó el llamado ancestral de clérigos y pastores de su
estirpe. Fundó la Iglesia Evangélica Carismática del Don Divino de Lenguas y
volvió a brillar delante de multitudes. Como las veces que fue campeón en los
estadios.
Las tres primeras
semanas de enero habían sido especialmente intensas en la escuela de pastores carismáticos que había
fundado con grandes expectativas y especial empeño. Era temporada de admisiones
y se proponía ser muy tolerante y magnánimo. Especialmente con aquellos que
sostenían su postulación en una autoponderada oratoria doméstica.
Por la intensa
concentración mental había descuidado, por primera vez en treinta años, la
preparación de su sermón dominical. Se dio cuenta de ello como a media noche
del sábado, cuando se preparaba para descansar. Ni siquiera había previsto el
tema para compartir con sus fieles creyentes. Pensó en una salida que no
alargara su día. Abrió un ejemplar de La Biblia al azar, como hacen millones de
lectores de biblias. Recorrió el texto con la vista ansiosa, buscando algo
“notable”. Vio una frase, cerró los ojos y la repitió como a él le parecía que
debía ser dicha: ”sólo yo viví, para
contártelo”. Entonces, cerró los ojos y pensó: “soy yo el mejor testigo de mi
padre. Oí el estruendo de los rifles y vi las balas de fuego, desde el vientre
de mi madre”.
Desistió de la lectura
para buscar un bloque amarillento de papeles en el fondo de un anaquel metálico
del pequeño depósito que había organizado debajo de la escalera de hormigón
armado que comunicaba el patio con la terraza de su casa. Lo encontró
rápidamente, sacudió el polvillo de las hojas de papel y volvió a la
biblioteca. Leyó con nostalgia y convicción. Él había querido crear una mística
de aceptación o resignación y fe por todo lo que le sucede al ser humano, a
pesar de su esforzada existencia y el ideal de convivencia armoniosa y
esperanzada. Los azotes de la vida, no son sino acechanzas que El Señor admite
como testimonios de fe insobornable y coraje inquebrantable. “Es JOB. Puse todo
mi empeño en la preparación. Lo practiqué muchas veces, pero nunca lo
pronuncié”, pensó. Ya en la cama, recreó la imagen que tenía de su padre,
Rosendo Tito, soldado defensor, coronel de guerra. Pensó también en su tío
ADAN, el Hombre de la Tierra. “Él persiguió a los matadores y los mandó a la
cárcel…pero no me devolvió a papá. No estaba a su alcance”.
Aún faltaban quince
minutos para las ocho cuando Timoteo Tito, el que honra a Dios, defensor de la
fe, llegó al enorme templo, casi un coliseo, que sus propios hijos habían
construído, con recursos económicos provenientes del diezmo, redoblado, de un
magnate local convertido al evangelio, en alguna de las vibrantes campañas de
los pastores de la Iglesia Evangélica Carismática del Don Divino de Lenguas.
Sus asistentes lo esperaban en el reluciente portón de metal cromado de la
entrada de vehículos. El portón de plata, decían propios y ajenos, “es un lujo
apostólico”. Fue el testimonio de fe de un ingeniero formado en claustros y
talleres húngaros de Csepel, la industrial isla del Danubio, tan lejos de ser
el río azul descrito en la partitura del homónimo hijo de J. Strauss.
“Ahí tenemos el wing
derecho…” dijo uno de los jóvenes que esperaban en el portón. Hablaban de
fútbol. “Yo imagino la estela que veía mi padre, cuando él dejaba rivales en su
carrera, incontenible, para inspirar el vuelo parabólico del balón, de la
orilla de la cancha, al centro del área de los arqueros…” expresó la capitana
del equipo de fútbol femenino de La Congregación. “Qué poeta. La versión
mujeril del Maestro Bismark. Así hablan los hinchas…” dijo otro.
Era ese domingo tan
cálido como cualquier domingo de enero en la llanura boscosa. El Pastor Líder
llegaba a su templo vestido con una
camisa color amarillo de cuello y vivos negros, tanto en las mangas, así como
en la botonera. El pantalón estilo bermuda hecho en gabardina negra, tenía una
cinta al bies en el costado de las piernas, también de color amarillo. Las medias amarillas y los negros
zapatos de goma.
A la hora señalada,
Timoteo Tito, el que honra a Dios, defensor de la fe, ingresó al recinto, al
tiempo que un millar de personas se pusieron de pie para recibirlo, cantando y
batiendo palmas, entre panderetas, campanillas, maracas y discretas matracas;
con el fondo de una banda de rock, infiltrada por varios vientos metálicos. A
diez minutos de ferviente euforia, de fe desenfrenada, El Pastor hizo una señal
de pausa. Se hizo el silencio y los feligreses tomaron sus respectivos
asientos. Con la sonrisa afectuosa y la mano derecha en ademán de reposo,
Timoteo Tito miraba a su tio Adan, el hombre de la tierra, parado en mitad del
pasillo, vestido de traje negro, camisa blanca y moño negro al cuello.
“Siéntese, por favor” dijo…”siéntese, por favor..! Volvió a decir… y repitió lo
mismo, varias veces. Los feligreses miraban, sin ver a nadie ni nada, hacia el
mismo lugar en que parecía posada la mirada del pastor. Nadie vio otro ser
viviente que no fueran los feligreses de siempre. El pasillo siempre estuvo
vacío. ”Siéntese, tío. Por favor…” Todos hicieron una reverencia, cerraron los
ojos y, a una voz, dijeron: ”amén”.
CRISTOBAL CANO, portador
de Cristo, el de pelo cristalino, párroco del barrio, conversó y fue investido
por Adan, el hombre de la tierra, para oficiar la misa de nueve, el domingo que
resultó dieciocho días después del cumpleaños número noventa y dos de éste. Se
había levantado a las cinco de la mañana, como todos los días del año. Había
despertado penoso, triste o angustiado. Pensó que, antes de sentarse a la mesa,
en solitario, para desayunar, elevaría algunas plegarias adicionales para
mitigar la angustia, por lo menos.
Era Cristobal Cano,
discípulo supernumerario de James Anthony Walsh y Thomas Frederick Price,
creadores de la Congregación Maryknoll. Por muchos años, resultó ser el único
sacerdote de familia italiana formado en los claustros del formidable
convento-seminario construído con las piedras del lugar, sobre la venerada
“Loma de María” (Mary’s Knoll) de Ossining, muy cerca de Nueva York. Como otros
curas y hermanos de la congregación, quiso tener un significativo nombre
apostólico. Todos tomaban un nombre, simple o compuesto. Él tomó un nombre
compuesto que sugería nombre y apellido. Cristobal Cano, portador de Cristo, el
de pelo cristalino. Era albino.
Su primer destino y el
único que tuvo en vida, fue en la Ciudad de la Llanura.. Nunca fue párroco
designado, pero siempre hizo de párroco. Muchas veces había pensado en
despojarse de los hábitos para vivir la vida que veía en derredor: ser obrero,
maestro, artesano o agricultor. Al principio, su parroquia fue la última, la
más lejana del centro de la ciudad emergente. La dotación era mínima: tres
monjas y un sólo cura, él. Oficiaba cuatro misas el domingo, dos el sábado y
una cada uno de los cinco días restantes, además del rosario cotidiano.
El domingo que resultó
dieciocho días después de su cumpleaños número noventa y dos ADAN, el Hombre de
la Tierra no asistió a misa de siete. No lo vio Cristobal Cano. Jamás había
pasado. Su lugar estaba vacío. “Habrá enfermado”, pensó casi con naturalidad.
Lo había visto trabajar como un gañán, en la construcción del oratorio barrial,
afuera de Las Palmas. Era un ejemplo sublime, para la mentalidad del cura:
“aportó el dinero, verificó la calidad de los materiales, dirigió la
construcción y él mismo puso su vigorosa mano de obra de 80 años..”, recordó.
Concluída la Santa
Misa, entró a la sacristía. Cuando dio el primer paso adentro, se sintió
deslumbrado por las baldosas blancas. Cerró los ojos. Pausadamente, se quitó la
estola, la casulla y el clériman completo, pero retuvo el solideo en la cabeza.
Pese a la temprana hora, había transpirado su camiseta blanca. Giró el cuerpo,
lentamente, para salir a la galería y también lo deslumbró el día luminoso que
reverberaba delante y alrededor del templo o en todo el Pueblo. Como siempre en
enero. La luminosidad entraba por las puertas abiertas de par en par. Salió a
la plaza. Caminó por el centro del camino en el que se coloca la alfombra
púrpura, durante las fiestas patronales de abril. Caminó, despacito, hasta el centro
ceremonial. Allí sacó del bolsillo del pantalón un pequeño devocionario y se
concentró profundamente en sus oraciones. La gente que se cruzaba con él, le
saludaba y le sonreía con frustración. El sacerdote no acusaba recibo de los
afectuosos saludos.
Moviendo los labios,
sin emitir palabra, Cristóbal Cano caminó casi media hora, dibujando círculos,
alrededor de la altísima pirámide que soporta el pequeño busto del héroe más
grande de la independencia de la región. Cuando se detuvo, cerró los ojos para
decir: “Padre mío, en tí confío”. Hubiera continuado con los ojos cerrados si
no hubiera sentido una mano fuerte posada en su hombro. Era Adán, el hombre de
la tierra, vestido con reluciente traje negro, camisa blanca y moño de
terciopelo negro. No le sorprendió. Es hora de misa, pensó y caminaron juntos
hasta la sacristía. Cristobal Cano hablaba en voz alta, de la importancia del
traje apropiado para cada circunstancia, en alusión al banquete convocado por
El Señor, según la parábola. Ya en la sacristía, entre ambos prepararon el
personaje que debía oficiar la misa de nueve: clériman, casulla, estola y
solideo. “Muchas gracias...!”, decía, mientras levantaba la cabeza y descubría
a tres monjas, escandalosamente sorprendidas, que lo contemplaban, de pie, en
semicírculo, a un metro de distancia… ”Adán”, concluyó la frase de
agradecimiento al amigo. “Muchas gracias..! Adán”, repitió. Sólo estaban las
tres monjas que lo habían seguido desde la plaza. Habían escuchado los
monólogos del cura como habían presenciado toda la ceremonia preparatoria del
personaje a cargo del oficio de la misa de nueve, en silencio.
PEPE ALDERETE MARQUEZ
vio la estampa erguida de Adan, el hombre de la tierra, desde el balcón de su
casa de La Ramada, mientras revisaba la indumentaria que debía llevar, ese
domingo, el equipo de la familia. A disgusto de su esposa y de sus hijas
mantenía, con propios recursos, la participación del representativo de Abra
Hermosa, en la “Liga de El Angel Custodio de Saipina”. No era que nadie
quisiera hacerse cargo de los gastos. Por el contrario, no eran pocos los que
reclamaban juego. No obstante, todos sabían que él quería tener semejante
responsabilidad, en homenaje a sus padres. Que era un honor, para cualquier
familia. El partido era a las diez, pero él tenía todo listo a las ocho.
Cuando hubo acomodado
camisetas, pantalones cortos y medias en un bolsón azul de algodón
plastificado, miró a la calle y vio que Adán, el Hombre de la Tierra, esperaba
el semáforo para cruzar de una vereda a otra. Le hizo señales con las manos y
los brazos, ademanes, le mandó el chiflido de los jóvenes de la comunidad, alzó
la voz, pero nada. “No me ve”, pensó.
Sin pensar en el
bolsón, Pepe Alderete bajó casi corriendo por las escaleras, los dos pisos que
lo separaban de la puerta de calle. Sintió que le faltaba el aire. A los
cincuenta años, recién rescatado de una terrible secuela parasitaria de la
infancia, que casi le alcanzó el cerebro, empezaba a admirar la personalidad de
aquél hombre que en ocho años tendría un siglo a cuestas y aún caminaba
erguido; enhiesto y firme de hombros, tórax inflado y brazos fuertes. En
impecables y artísticas rapsodias cantadas por su tío Melecio Márquez, había
escuchado la relación de muchas proezas, en las reuniones familiares. Vivía emocionado
con la leyenda de los caballos alazanes en Abra Hermosa, criados por Adán, el
hombre de La Tierra. Necesitaba hablar con él. Quería manifestarle algo, pero
no sabía muy bien qué. Admiración, tal vez.
Todas las familias de Abra Hermosa coincidían en que, aquel hombre,
había empezado a convertirse en leyenda a la edad en que los niños van a la
escuela primaria.
Cuando abrió la
puerta, se dio cuenta que estaba descalzo y prefirió esperar hasta tenerlo
delante. “Se vistió como para asistir a una ceremonia de premio nobel…” murmuró
cuando Adán, el hombre de la tierra, se le presentó de frente: traje negro,
solapas de raso, moño negro al cuello de la camisa blanca.
Como si se tratara de
su propio padre, lo abrazó efusivamente y le preguntó “¿Cómo está..? Necesito
hablar con usted. De caballos”. Sin hacer pausa, le preguntó si recordaba
cuántos alazanes había criado, si recordaba el nombre de algunos de ellos; los
más hermosos, los más veloces y los mejor cotizados del mercado. “Dice mi mujer
que nunca trabajé. No es verdad. Quiero demostrar mi talento, quiero fundar un
haras y llenarlo de alazanes…” decía, con desconcertante euforia, al tiempo que
resonó en sus oídos una agudísima voz de mujer: “¿Con quién hablas?”, preguntó,
enfáticamente, alguien a su espalda. Miró en todas las direcciones, pero tan
sólo vio a una hermosa joven. Su hija mayor.
HERACLES MALAPITA
disparó su carabina de doble caño, hasta cinco veces, sobre el “ente” que
supuso el cuerpo de un gallardo jinete, montado en un alazán que parecía bañado
en vino tinto. Sucedió antes del mediodía domingo que resultó dieciocho días
después del cumpleaños número noventa y dos de Adán, el hombre de La Tierra.
Una vez en la vida,
durante la niñez, Heracles Malapita había visto el rostro generoso de Adán, el
hombre de La Tierra, durante una fiesta de beneficio para las Escuelas Rurales
. “Papá, él es muy bueno. La gente piensa que jamás hubo en La Llanura vaquero
tan rico, emprendedor y generoso”, dijo un día, a la hora del almuerzo. Ese día
le quitaron el plato de comida y le dieron un azote. Era sólo un niño de doce
años de edad que empezaba la escuela secundaria en San José. Desde entonces,
vivió aterrorizado por la sombra de aquél nombre que la gente había convertido
en leyenda o mito. Era el azote, picante y doloroso; era el perseguidor
implacable de cuatreros y abigeos de los recónditos valles del pedemonte, en la
antípoda de Abra Hermosa.
Favorito entre sus
hermanos, primos y demás parientes, Heracles Malapita creció en medio de
cuatreros y abigeos beodos, violentos y desalmados. En medio de ambiciones y
delirios, pidió ir a estudiar en los Estados Unidos de América. Pensaba
“rescatar” caballos salvajes en Nevada, Wyoming, Utah, California, Oregon o
Colorado y traerlos a los corrales familiares. La idea la había tomado del
Padre Murphy , entre copas de ambrosía, en la estancia de una familia texana de
apellido Howard. El cura, miembro de una acaudalada familia de Helena, la
capital victoriana del estado de Montana, era un ferviente admirador del siempre
legendario "Buffalo Bill", casi desconocido como William Frederick
Cody, nombre cristiano del afamado
cazador, defensor de los indios estadounidenses y los bisontes; creador del
mito del “Old Wild Far West”
El tal Padre Murphy,
lo tenía en gran estima. Era el niño aborrecido en silencio por sus compañeros,
en la escuela. Los niños lo señalaban con el índice, para excluirlo: “el hijo
del abigeo, no”, se decían entre sí. El no entendía el significado de tal
palabra. Los demás niños tampoco, pero en privado, le llamaban ladrón de
caballos. La secundaria la hizo en el internado de San José, con los curas
franciscanos. A los diecinueve años viajó a los Estados Unidos de América e
ingresó en el Colegio de Ciencias Agrícolas de la Universidad del Estado de Montana,
en el extremo oeste de los Estados Unidos de América, en la línea divisoria de
Canadá.
Le atraían las
leyendas de pioneros, buscadores de oro, cowboys, pistoleros malhechores,
jinetes nobles defensores de la Ley y caballos con genes prehistóricos. En
ranchos de Montana, en rodeos y haras millonarios, pudo conocer todas las razas
y variantes posibles de caballos del mundo; desde el mítico Akhal Teké del
Desierto de Turkenistán, con más de tres mil años de historia y el salvaje De
Przewalsky de la Mongolia, recuperado antes de su definitivo exterminio, la
“creación” poética de los cosacos del Don, en la Rusia del siglo dieciocho,
hasta el bellísimo pura sangre árabe; el cuarto de milla norteamericano, el
pinto idolatrado por los indios piel roja y las increíbles combinaciones
genéticas surgidas de la necesidad y las investigación científica. Pensaba que,
si los árabes creen que “Dios creó el desierto, el viento del sur y el caballo,
dándoles la facultad de volar sin alas”, los norteamericanos están convencidos
que El Creador puso el caballo en la tierra, por primera vez, en medio del
paisaje escarpado de Montana.
A los veinticinco años
de edad, Heracles Malapita tenía el increíble legado de una familia centenaria
de abigeos. Su abuelo escondía los caballos robados en las cuevas del
pedemonte, en la antípoda de Abra Hermosa y aún en los extremos de la
cordillera. Su padre, orgulloso de una hacienda millonaria, construyó una
fortaleza entre las montañas, con praderas alambradas con hilos galvanizados de
alambre de hierro dulce, vigiladas por jinetes extranjeros.
Los Malapita no
vendían caballos en la región sino en Europa, pero eran proveedores de burros,
mulas y burdéganos, de lo que se ufanaban con frecuencia, sosteniendo que eran
del “pedigree” de ACÉMILA, la primera mula que llegó a Abra Hermosa. No se
reunían con ninguna persona que no fuera de su entorno o formara parte de la
comunidad marginal que habían organizado espontáneamente en torno del
permanente abigeato.
Eran enemigos de las
familias de la región. Todos Los Malapita fueron crueles y violentos. Al niño
Blas de los Llanos, el tartamudo, le atravesaron un cabestro de crines blancas
a la altura del pecho y lo bajaron de un falabella para dejarlo atado, con la
misma reata, bajo un globo de abejas. A un cura misionero lo arrojaron de
bruces maniatado y amordazado a la confluencia de los ríos Tuilo y Villcas;
donde empieza el Río Masicurí, para robarle un pinto americano. A un boticario,
en medio de Vado del Yeso, lo obligaron a tragar arsénico, luego de quitarle el
percherón del carruaje. A la Inspectora del Distrito Escolar le vendaron los
ojos con una calceta negra y la azotaron con ramas espinosas, antes de quedarse
con el hermoso palomino color de roble seco, de crines y cola blanca, que la mujer
cabalgaba con vigor de amazona. Al Correo de los Valles lo bajaron de su
caballo con un certero machetazo en el brazo derecho y lo tiraron, como un
muñeco de trapo cercenado desde un acantilado. A Rosendo Tito, soldado defensor
de la Patria, lo fusilaron con cuarenta y siete balazos por la espalda para
vengar la persecución de posguerra y robarle un albino veloz llamado Zeus,
aprovechando los entreveros, enredos y trifulcas regionales surgidos del
cerebro revolucionario que creía interpretar los mensajes igualitarios del fin
de la conflagración europea.
Cuando concluyó
estudios, Heracles Malapita supo que era necesario olvidarse de todas las
técnicas posibles para robar un caballo, que había aprendido en la infancia.
Tenía el compromiso implícito de conciliar el abigeato con las conductas
normales de la sociedad que había observado en ciudades de Estados Unidos de
América y Canadá. La consigna era “blanquear el apellido”. En los Estados
Unidos había perfeccionado sus conocimientos sobre los caballos del mundo y
estaba dispuesto a sustituir el comercio de burros, mulas y burdéganos por
subastas periódicas de caballos criollos, sin abandonar el mercado europeo.
Habia vuelto para
producir el gen de los valles y tener una raza propia, identificada con los carnavales
de la Ciudad de Jesús y Montes Claros de los Caballeros, superior al novísimo
azteca y paso peruano. Pensaba que, si los mexicanos habían logrado una raza
propia, los viejos cosacos de las remotas estepas rusas habían sido capaces de
recuperar los cromosomas del caballo salvaje para preservar las razas, él podía
producir la “raza malapita”. Un malapita elegante como el don, veloz como el
árabe, resistente como un De Przawalsky; destinado a tener más presencia que el
andaluz en Sudamérica. Pensaba que era imprescindible recurrir a técnicas
universales de gestión de potreros y caballerizas. Había que reemplazar, en
principio como recurso de mercadeo, el sustantivo potrero por “haras” y
caballeriza por “stud”, en inglés.
En eso pensaba cuando
detuvo el motor de su camioneta Mustang para observar el aspecto mitológico del
jinete que cabalgaba un alazán, brillante como el cobre pulido bajo el sol
matutino de los valles, hacia la casona rodeada de coníferas. Sintió que alguna
extraña luz, que no eran reflejos del sol de las ocho de la mañana, se le metía
en los ojos y le producía una sensación de ceguera de campo, no veía el entorno
de la imagen, solamente el jinete y su caballo. Ambos, parecían rodeados de en
un enigmático resplandor que Heracles Malapita había observado sólo en los
dibujos de libros de historia sagrada que los curas le obligaban a leer en el
internado de San José. Cuando los tuvo a diez metros, bajó de la camioneta,
levantó el cañón doble de su carabina y apuntó. El caballo no se detuvo. Tiró
del gatillo, el percutor golpeó el cartucho cargado, pero el proyectil no
salió… lo hizo dos, tres, cuatro y cinco veces, pero el proyectil no salió ni
el caballo se detuvo.
• ¿Le pasa algo, señor? Preguntó el
capataz de la estancia, acerándose discretamente.
• No, nada… ¿Quién es el jinete?
• El jinete... el jinete…
• El jinete del alazán.
• El alazán no es montado por nadie,
señor…
Heracles Malapita
cerró los ojos y los abrió de nuevo, con ansiedad. El jinete estaba allí,
mirándolo fijamente. Era como un personaje de Hollywood ataviado para la
ceremonia del Oscar: traje negro tipo smoking, camisa blanca y moño negro al
cuello, pero ninguno de los peones que lo rodeaban vio lo mismo, según quedó aclarado en la
conversación sobre cierto jinete que cabalga un alazán, día noche por sendas y
desfiladeros, entre valles y montañas. “Desde hace medio siglo”, dijo uno de
los vaqueros antiguos. El comentario, dio lugar a una discusión violenta y al
recuerdo amargo del Abuelo Malapita puesto en prisión por Adán, el hombre de La
Tierra, por el asesinato de Rosendo Tito. Fue el primer golpe duro que marcó la
tradición de una ignorada familia de cuatreros y abigeos en los valles y
montañas de la Cordillera Oriental de Los Andes.
En ABRA HERMOSA todo
El Pueblo vio a Adán, el hombre de La Tierra, el tercer domingo que resultó
después de su cumpleaños número noventa y dos. Dicen haberlo visto de traje
negro, camisa blanca y moño de terciopelo negro muchos parientes, amigos y
bienhechores.
El tercer domingo de
enero del año diez del siglo veinte, a moción de las mujeres, fue instituido en
Abra Hermosa Club del Progreso. El día de su aniversario no sería jamás una
fecha determinada sino siempre el tercer domingo de cada año, día ineludible
para recordar la creación y celebrar, entre todos los habitantes del paraje
cordillerano convertido en pueblo colonial por Encarnación Dolorosa del
Santísimo Rosario, sus parientes, servidores y sus cuarenta mulas, la fundación
de la primera entidad de bien público, sin fines de lucro; para coadyuvar con
la prosperidad impulsada por El Corregidor y sus colaboradores.
AMBROSIO BENJAMÍN,
apodado El Eterno, recordó en la misa de ocho que ya habían pasado dieciocho
días del cumpleaños número noventa y dos de Adán, el Hombre de la Tierra;
paradigma de corregidores, recordado, respetado y amado. El cura aportó la
memoria de Amako Hiroaki, sacerdote venerado por la comunidad de Abra Hermosa y
también por las gentes de los valles.
La PROCESIÓN sería
rica en recordatorios. Los monaguillos
se acomodaron detrás del cura y la multitud de trescientas personas, de todas
las edades, salió por la explanada de pinos y robles varias veces centenarios y
caminó cantando salmos y recitando plegarias alrededor de La Plaza de Armas,
para el descanso eterno de los habitantes de Abra Hermosa que un día se fueron
y nunca más volvieron… por tantos hombres y mujeres que dejaron allí una
familia, una casa; sus pequeños campos, sus haciendas y las virtudes de
tejedoras y alfareras de hogares autosuficientes.
Sin que nadie supiera
cómo llegó a ubicarse al lado de Ambrosio Benjamín y tomarle el brazo para
caminar la procesión, muchos vieron al hombre que se había vestido con el
“terno incompleto”,según la idea de Fulvio Rosado. “Olvidó el chaleco”, pensó.
Muchos miraban de soslayo, para no perder el ritmo de la procesión ni el tono
de las alabanzas cristianas.
Los que no habían
asistido a la misa de ocho, salieron a la puerta de sus casas para acompañar.
Muchos otros, que esperaban la misa de once, anticiparon el cumplimiento de la
obligación espiritual de domingo y se sumaron a la procesión. Hacia el final,
más de quinientas personas habían dado tres vueltas a La Plaza de Armas.
Nadie percibió la
señal del cura para reingresar al templo porque un sonoro tropel callejero de
cien caballos acalló las voces místicas de Abra Hermosa. Los cascos equinos
levantaron una polvareda transparente que se pegaba en la ropa y en el pelo de
la gente. “¿Será Julián Castaño, el barbón?”, preguntó una señora. “No es
posible, el barbón ya no cabalga ni tiene caballos”, replicó otra. “Es Adán, el
Hombre de La Tierra. Él dijo que un día volvería y hoy ha vuelto”, dijo
Ambrosio Benjamín, apodado el eterno, en tono eufórico; victorioso.
Cuando la caballada
desapareció, la estela aún se sostuvo en el aire, antes de esfumarse en la boca
de herradura de Abra Hermosa. Muchas personas habían vuelto a sus casas, pero
muchas más buscaban las huellas de los cascos que habían pasado por delante de
la procesión, levantando la polvareda que aún tenían pegada en la ropa, la piel
y el cabello. Así como nadie supo de dónde venía la caballada, nadie pudo
verificar una sola huella de casco de caballo en la calzada de tierra suave y
tersa; como arcilla molida en batán.
Ambrosio Benjamín, rodeado de niños y gente mayor,
explicaba que no había visto a ningún hombre de traje negro a su lado y que
esperaba, todos los días, la llegada de Adán, el Hombre de La Tierra, “que yo
vi vencedor de cinco soldados de La Patria”, dijo, montado en su caballo
alazán. “Hoy ha sido el día”, concluyó y se fue caminando despacito, a
compartir el cordero asado con choclos de época y quesos salados de los moldes
del Cumpa Plácido.
MURIO Adán, el hombre
de la tierra, Dieciocho días después de su cumpleaños número noventa y dos.
¿Cómo sucedió? Contra sus hábitos de los últimos cincuenta años, no asistió a
la misa de siete con su hija. Se quedó leyendo en el balcón el texto bíblico
sobre la fidelidad de Job. Él sabía que a sus progenitores, ancianos, los había perdido por el paso de la
vida, pese a los calambres que terminaron con la humanidad de su padre. Que su
esposa fue víctima de envidias, malquerencias y encantamientos oscurantistas. Jamás
estuvo de acuerdo con la sugestión del menor de sus hijos varones. A ella no la
asfixió el asma de los vientos húmedos que agitan las riberas del río de arenas
doradas o las arenas picantes de las antiguas calles de la hermosa Ciudad de la
Llanura del año cuarenta y ocho.
Estaba seguro que a su
hijo, domador de caballos, como él mismo, se lo llevó una tormenta tropical,
con los pulmones inundados y la frente como una flama febril. Pensaba que no es
Dios quien le quita a Job los bienes y los hijos, sino la angurria del ángel
del mal que busca derribarlo con la tentación y luego el miedo. En el santo
varón Job pensaba cuando sintió un aroma de café que le envolvía la cara. Su
hija menor, delante de él, le ofrecía una taza oscura y aromática. Pidió que se
la dejara en la mesa del comedor. Se levantó de la reposera y, con movimientos
precisos y sincronizados, cortó hilos de cayubaba con el machete que trajo de
la guerra, los acomodó en el hornillo de la pipa inglesa, gatilló su yesquero
de bencina y aspiró una profunda bocanada. “Es muy temprano para fumar la
pipa”, comentó su hija. Él no respondió. Se tomó todo el café, sin azúcar, como
toda la vida, se descalzó y se acostó en la cama. Era media mañana, apenas un
poco más de las diez.
Acostado, pensó en su
cuñado Rosendo Tito, soldado defensor de la Patria que fue asesinado de
cuarenta y siete balazos por la espalda. Pensó en todo lo que no había podido
darles a sus hijos huérfanos. El campo, la ciudad, el mundo, no eran
significativos sin un objetivo. Pensó que había hecho todo lo posible, pero
luego pensó que no había escuchado la última homilía de su amigo, el cura
Cristóbal Cano. Pensó que nunca habían sido bien hechas las paces con los
abigeos por el asesinato de Rosendo Tito y también que tal vez no habrá tiempo
de volver a Abra Hermosa a buscar los huesos de sus padres y pasar por el
cementerio del estrecho Valle del Cincho para dejarle una guirnalda a la madre
de sus hijos. Sintió que se dormía, segundo a segundo, mientras recordaba la
belleza de sus caballos de capa cepillada colas peinadas y crines trenzadas.
Sintió el tropel de sus cascos en la Plaza de Armas de Abra Hermosa y vio a la
gente “cepillando” sus ropas con los dedos en montón. Cerró los ojos lentamente
y vio la procesión de casi medio millar de antiguas amistades, familiares
distantes y niños emparentados por generaciones que le acompañaban en su
recorrido alrededor de la Plaza.
Los hijos de Adán, el
Hombre de La Tierra, el mítico líder de Abra Hermosa, lo rodeaban de nietos y
bisnietos para compartir el almuerzo de cada domingo. La mesa familiar parecía
la de un viejo clan escocés o una tradicional familia napolitana.
La mayor de sus hijas
siempre llegaba muy temprano. Antes que ningún otro, pero ese domingo fue
diferente. Llegó a las once. Ya había llegado la menor. Paró su camioneta de
una patada en el freno, se bajó sin apagar el motor y corrió hasta la escalera
de mármoles blancos, tendida entre el gran salón y los dormitorios de planta
alta.
“Papá”, exclamó desde
el primer escalón. Se detuvo a esperar respuesta.
“¡Papá!”, gritó
enérgicamente.
“Está dormido”, le
dijo su hermana, con voz queda.
“¿Dormido?. Papá no
duerme de día… nunca durmió de día…”, dijo angustiada. Sintió que se ahogaba.
La mujer de cincuenta
y cinco años, pálida y sin aire, despegó sus plantas del primer escalón y dejó
un aire perceptible de horas fatídicas y oscuros presagios. Llegó a la puerta
del dormitorio, la abrió con la mayor delicadeza y se quitó los zapatos. Sobre
la punta de los pies, llegó hasta la cama y vio a su padre en reposo: los dedos
de ambas manos entrelazados sobre el pecho y la expresión grata en el rostro.
Momentáneamente, se le dibujó una sonrisa, pero cuando percibió que no
respiraba, estalló la desesperación en su cuerpo: “¡Papaaaaaaaa..!” El grito
interminable, sólo se apagó con su desvanecimiento. No supo nada más de sí
misma hasta las doce, cuando se repuso y oyó que sus hermanos le confirmaban la
plácida muerte de Adán, el Hombre de La Tierra: “papá se ha ido, nos queda tan
solo su cuerpo inerte. Él, seguramente ha vuelto a Abra Hermosa a cabalgar su
alazán”.
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