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Santa Cruz, Bolivia, La Ramada, Cuentos bolivianos

 BALADA PARA UN SOLDADO 4. Rapsodia Cuando quisieron ver de qué lado venía el galope tendido de dos caballos giraron la cabeza, desconcertados, a derecha e izquierda, hasta que vieron un pegaso de capa broncínea volando sobre la cerca espinosa y un jinete despegándose de la carona para posarse, como un ave furiosa, sobre la pira apagada de la plaza seca del Club del Progreso. La comunidad alborotada, intimidada deslumbrada, vio el terror en el rostro de los soldados y lanzó una profunda exclamación de alivio: “el hombre de La Tierra”. Fue como el rayo. Fugaz, momentáneo, rutilante, brillante; deslumbrante. Adán, el hombre de La Tierra, volando en su alazán, por encima de la cerca espinosa, posándose, como un ave furiosa, sobre la pira apagada, tomando con sus poderosas manos una gruesa horquilla vegetal, partiéndola en dos, aterrizando en punta de pie, girando trescientos sesenta grados, asestando cinco certeros golpes en los brazos de los cinco soldados, esquivando el culata...
 BALADA PARA UN SOLDADO 3.- Réquiem El domingo que resultó dieciocho días después de su cumpleaños número noventa y dos ADAN, el Hombre de la Tierra, fue visto por parientes, amigos, conocidos, bienhechores y hasta por gente ajena que lo conocía solamente por mentas, en muchos lugares y en diferentes situaciones, a un mismo tiempo o en un lapso muy breve; tanto en su natal Abra Hermosa, así como en la Ciudad de la Llanura, elegida por él para vivir con sus hijos el resto de su vida, a la muerte de su esposa, ocurrida en plena juventud. Las extrañas visiones sucedieron durante el lapso que transcurre entre las ocho y las doce, hora en la que su hija mayor lo vio plácidamente acostado en la cama, boca arriba, los dedos de ambas manos entrelazados sobre el pecho y el semblante amoroso. Casi radiante. TIMOTEO TITO, el que ama a Dios, defensor de la fe, fue de los primeros en ver al mítico Adán, el Hombre de la Tierra, vestido de traje negro, camisa blanca y moño de terciopelo neg...
BALADA PARA UN SOLDADO 2.- Égloga Fue Melecio Marquez, niño espósito, aprendiz de pastor, el primero que divisó el pelotón uniformado que ingresaba por la boca de herradura de Abra Hermosa.  Alguien había dicho que el pastorcillo tenía ojos de lince, aunque a nadie le interesaba saber de qué tipo de animal se trataba. Quienes afirmaban que era un felino, no lo asimilaban al gato ni se molestaban en imaginar en qué grado éste sería pariente de la onza. Los alegres pastorcillos clavaron la mirada en la polvareda, cuando el agudo grito de alerta salió de la poderosa garganta infantil y rasgó la mañana soleada: ”llegaron los reyes…”  y echaron a correr, monte abajo, en zigzag, casi rodando; como un alud en la pradera que, como los palcos de un enorme coliseo, se multiplicaba desde la platea natural que sostenía el poblado, hasta la cintura del monte que, visto desde una nube, seguramente era el delineado perfecto de la base de una herradura de caballo, hecha toda de cedros, ar...
BALADA PARA UN SOLDADO  Por Hebert Montaño Rosales  1.- Elegía.  Nadie escuchó los acompasados golpes de la punta acerada del bastón de ébano africano sobre ochocientos metros lineales de veredas bien cuidadas, algunas con césped y otras con pavimento, mientras la persona que parecía el único habitante nocturno de La Villa caminaba oyendo sus propias pisadas y el impacto de sus bastonazos sobre las baldosas de travertino. Ese habitante solitario no encontró a nadie como no percibió que alguien viniera en el mismo sentido.  Las residencias que iba dejando a su paso, aunque profusamente iluminadas, parecían deshabitadas. Sus pasos enérgicos lo llevaron hasta la esquina de la octava cuadra que lo separaba del punto de partida. Antes de cruzar la anchurosa calzada, levantó la vista. Se sintió diminuto ante los formidables almenares achaflanados delante de la sonora fuente de aguas danzantes, en la vereda opuesta, al pie de la empinada calle asfaltada que muere, perpendic...