BALADA PARA UN SOLDADO 
Por Hebert Montaño Rosales 

1.- Elegía. 

Nadie escuchó los acompasados golpes de la punta acerada del bastón de ébano africano sobre ochocientos metros lineales de veredas bien cuidadas, algunas con césped y otras con pavimento, mientras la persona que parecía el único habitante nocturno de La Villa caminaba oyendo sus propias pisadas y el impacto de sus bastonazos sobre las baldosas de travertino. Ese habitante solitario no encontró a nadie como no percibió que alguien viniera en el mismo sentido. 
Las residencias que iba dejando a su paso, aunque profusamente iluminadas, parecían deshabitadas. Sus pasos enérgicos lo llevaron hasta la esquina de la octava cuadra que lo separaba del punto de partida. Antes de cruzar la anchurosa calzada, levantó la vista. Se sintió diminuto ante los formidables almenares achaflanados delante de la sonora fuente de aguas danzantes, en la vereda opuesta, al pie de la empinada calle asfaltada que muere, perpendicular, en la Avenida del Río. 
Así como nadie lo vio desplazarse desde las arcadas antiguas, pintadas de terracota transparente y mordoré, de su casa colonial hasta La Mansión emplazada en la meseta de una discreta barranca, en las proximidades del Río de las Arenas Doradas, sorprendió a los porteros que le abrieron el portillo de uno de los flancos de los pesados portones estilo medieval, construidos en hierro forjado y troncos de cuchi labrados por manos artesanas. Intrigados por la apariencia novelesca del inesperado visitante vestido con traje negro de tres piezas, camisa púrpura, listón negro al cuello, negra capa y galera negra, no lo reconocieron inmediatamente. Más aún, tuvieron que reunir aire suficiente para responder el saludo de “buenas noches” que resonó, profundo y grave, envuelto en la brisa del río cercano que día y noche se revuelca en arenas doradas. “Buenas… señor Melecio”, alcanzó a murmurar una de las cuatro personas que custodiaban la entrada. “Permítame acompañarle, señor Marquez”, dijo otra. ”de ninguna manera, conozco el camino”, respondió el hombre de capa negra. 
LA MANSIÓN era la residencia palaciega de Adán, el hombre de La Tierra, silencioso ruralista que había desarrollado la producción agrícola y ganadera a escala varias veces revolucionaria en estancias, campos y establecimientos estratégicamente ubicados entre las cuencas del río de La Plata y del río Amazonas, después de la guerra, según el concepto de las tradicionales familias de la Ciudad de la Llanura. 
MELECIO MARQUEZ había sido el responsable, en su juventud, de la plantación del hermoso y abundante parque de La Mansión, semejante a un exquisito jardín botánico o una pequeña reserva forestal que surgía, imponente, desde una discreta, plástica, compacta y verde barranca. Era, todo, plantado de fresnos, abedules, robles, encinas, avellanas, jazmines y olmos europeos; ginkgo viloba asíaticos; acacias, casuarias y eucaliptus de Oceanía; helechos, gomeros, inciensos y palmeras de África. De la amazonia habían traído árboles grandes de cosorió de flores amarillas, rojas y rosadas; voluptuosas enredaderas de buganvillas y palmeras diversas. 
Cien metros de avenida interior, orlados de esbeltos árboles de álamo piramidal plateado, concluían en el jardín de la magnífica residencia pintada con la gama concentrada del marfil, brillante, construida en el centro de un jardín glamoroso de cinco mil metros cuadrados diseñado, como todo el parque, por un discípulo guaraní del arquitecto paisajista francés Jules Charles Thays, creador de un inmarcesible legado cultural en la República Argentina de finales del siglo XIX y principios del XX. Casi todos los parques más representativos y entrañables de varias provincias del mayor país del Río de la Plata, empezaron en su imaginación creativa y fueron diseñados y arborizados con especies nativas e importadas. 
Melecio Marquez siempre vio el Jardín de Adán, el hombre de La Tierra, como imaginaba el bíblico Huerto de Edén: diverso, completo, anfictiónico, pero de plantas florales y arbustos exóticos, delimitado por muros verdes de jazmines sometidos a poda permanente por un jardinero artista, manos de tijera. Contenía especies florales importadas de todos los continentes, cultivadas en ambiente climatizado, con riego dosificado, seguimiento gráfico de crecimiento y desarrollo y controles entomológicos constantes e implacables. El clima húmedo y cálido, resultaba propicio para plagas e insectos dañinos. Cercos de cuguchi resguardaban los rosales. 
Los jardineros comentaban, en coloquios y reuniones de estudiantes y aficionados al paisajismo, que los trabajos habían empezado sin fecha de conclusión, el primero de enero de mil novecientos cuarenta y seis, en todo el predio. Un programa abierto, contemplaba la incorporación permanente de plantas y semillas, mientras fuera posible incluir más ejemplares y nuevas especies. 
Los pedidos de importación eran satisfechos en mucho tiempo y no se podía asegurar la llegada de más árboles mientras no estuvieran cargados en los vehículos que los trasladaban, en equipos especiales, desde los puertos sudamericanos, tanto del Océano Atlántico así como del Océano Pacífico. Era especialmente lento, prolongado y penoso el traslado desde el puerto de Iquique hasta la Ciudad de la Llanura. Era necesario confiar en la pericia y perseverancia de los camioneros que, de a dos por unidad de transporte, cruzaban el desierto de Atacama, trepaban más de tres mil metros, sobre el lomo de la Cordillera de Los Andes y descendían, otro tanto, en simetría, para entrar en la llanura, devotamente encomendados al Dios del Cielo y al dios de las tinieblas: al Supremo, para recibir las bendiciones de cristiana demanda y al segundo, para atenuar las acechanzas del mal y los sufrimientos atravesados en los caminos. 
Distinta era la logística desde los puertos de Buenos Aires y el paulista de Santos. El tren era una gran solución. Ya en los años cincuenta del siglo XX, se cargaban los contenedores en el Puerto de Santos o en el Puerto de Buenos Aires para descargarlos en los andenes de la nueva estación ferroviaria de la Ciudad de la Llanura. Para toda importación eran necesarias series indefinidas de trámites y fárragos de papeles. Una persona se ocupaba, a tiempo completo, de las gestiones administrativas en la sede del gobierno. Era un gestor exclusivo. Con firma autorizada. 
Desde la ochava de la entrada principal del predio, a la entrada del jardín, el ancho de la avenida interior tenía sus bordes contenidos por sendas hileras de álamo piramidal plateado de treinta metros de alto. Al final de la alameda, el paisajista había proyectado dos semicírculos de cipreses griegos; los mismos que, al crecer durante años, produjeron un verde y sólido paréntesis geométrico, semejante a un cilindro seccionado en vertical. En medio, una artística fuente de agua construida en módulos de mármol de Carrara, cortados y tallados en talleres italianos de Florencia. Era un manantial sembrado de peces y vegetales subacuáticos, con una isla blanca ocupada por una enorme ánfora griega equilibrada sobre los hombros de dos atlantes. Las manos de dos cariátides provocaban una ligera inclinación del ánfora para producir una fina cascada que resistía la evaporación, mediante un sistema de refrigeración alimentado con aguas de lluvia guardadas en un depósito subterráneo que las mantenía siempre frescas. Casi frías. En tiempos de sequía, las aguas provenían de napas subterráneas mediante bombas sumergibles Flygt y filtros importados de los Estados Unidos de América, incluida la mano de obra de los instaladores. La bomba se ubicaba a dos o tres pares de decenas de metros de profundidad. Un portento de ingeniería, recién logrado y perfeccionado por Sixten Englesson. Muchos entendidos en misterios de la ciencia, que no conocían la obra, comentaban que se trataría de un sistema, para nada novedoso, que captaba las aguas del río en un embalse desconocido u oculto y las trasladaba a La Mansión mediante una cadena o sucesión de gusanos de tronco conocidos como Tornillo de Arquímedes. 
En el fondo del parque, habían construido un oratorio con torre de estilo neogótico, protegido por dos hileras de encinas españolas, plantadas en escuadra para impedir el paso de los ventarrones arremolinados que llenaban el suelo de bellotas en tiempos de frutos. Los árboles distribuidos sobre líneas de cuarenta metros de largo cada una, habían alcanzado la altura máxima de veinte metros. El característico verde oscuro del follaje y los robustos tallos ennegrecidos, eran iluminados con potentes reflectores, por las noches. Era una muralla umbría y fresca que mantenía el carmen libre de ventarrones. Bien protegido; como prefecto espacio de meditación. La torre del oratorio era lo único visible, por encima de las encinas, luciendo de noche su luz de posición, como un faro, en el centro de la cruz patada de metal forjado que hacía de pararrayos. Siempre hubo desprevenidos que confundíeron la cruz patada con la flor de lis. 
EL VELATORIO era en La Mansión. Cuando llegó al jardín rebosante de flores y colores; de aromas y perfumes combinados e indefinidos, por la variedad, Melecio Marquez inspiró, profundamente, el aire perfumado y denso de la noche y avanzó, con paso firme, apartando gente con su bastón de punta; haciendo un callejón entre los dolientes que colmaban el gran salón convertido en capilla fúnebre. Un hombre pequeño y corpulento, muy elegante, vestido de riguroso traje negro y sombrero de copa, al que todos llamaban “Tulús”, conocido por sus dibujos de seres errantes de los bosques nocturnos de los alrededores de la Ciudad de la Llanura, le hizo una señorial reverencia y le señaló, con ambas manos extendidas, el portal de la biblioteca, abierto en todas sus partes. Al verle llegar, el numeroso grupo familiar se apartó del féretro emplazado en mitad del amplio recinto, cuyas paredes eran imponentes anaqueles de roble de eslavonia, rebosantes de libros. Lucían la misma madera los pisos, todos los cerramientos, las sillas y la mesa de lectura, sobre la que habían asentado el ataúd abierto. 
El sugestivo personaje de capa negra dejó su bastón en el piso. Se quitó el sombrero, lo depositó sobre el bastón y se postró de hinojos, a los pies del cuerpo inerte de Adán, el hombre de La Tierra; mítico líder de Abra Hermosa. 
MELECIO MARQUEZ había salido de Abra Hermosa seis meses antes del fin de La Guerra, para siempre, en la víspera de la celebración católica de la cabalgata de los reyes magos de oriente, apurando el trotecito de sus piernas infantiles, a la par del caballo alazán montado por el jinete que llevaba de tiro, con un cabestro de crines blancas a cinco hombres de uniforme militar derrotados, humillados, abatidos, maniatados, al tiempo que silbaba la melodía de una marcha que el niño nunca habría de olvidar. De a poco, el camino empezó a pronunciar su pendiente. Cansado, casi agotado, se detuvo, para reposar su cansancio sobre el tallo esbelto de una tipa frondosa. El padre Amako Iroaki allí lo encontró, profundamente dormido. Ante la imposibilidad de retornar al niño, lo llevó consigo, hasta la cabecera cantonal; donde iba para ofrecer su colaboración en la resolución del violento revés que habían sufrido los soldados, en el frustrado cumplimiento de una orden de reclutamiento. 
La gestión del padre Amako Iroaki en la cabecera cantonal no fue sencilla. Adán, el Hombre de La Tierra, se había incriminado y entregado a “La Ley”. Lo detuvieron, pero no supieron echarle un cargo encima, por lo que inmediatamente lo remitieron a estrado superior. “Seguramente pensarán que voy a creer que un mocoso de diez y seis años pudo abatir y desarmar; humillar a cinco soldados de La Patria, blandiendo un garrote. He solicitado la intervención de la justicia militar”, le dijo el Comandante y Comisionado de la Policía Nacional al padre Amako Iroaki, quien nada pudo hacer. Como se le hiciera tarde para volver a su parroquia, decidió quedarse a pernoctar en casa de gentiles vecinos. Se quedó con él Melecio Marquez. Allí se quedó definitivamente; porque no volvió con el cura. Éste, había olvidado que estaba acompañado y retornó solo, una hora antes de la salida del sol estival, mientras el niño aún dormía. 
La maestra Ferruccia Bruno, voluntaria italiana recién llegada a la escuela de la cabecera cantonal, supo que Melicio Marquez era un niño espósito. Lo tomó en adopción espontánea y se ocupó de que continuara su escolarización con ella. A los trece años de edad terminó la escuela primaria y se incorporó a las cuadrillas de cosechadores de frutas de Los Negros, donde vivió hasta que llegó a la edad de ir a los cuarteles y cumplir con La Patria. La señora Andrea, dueña de la plantación, lo recomendó con ROSENDO TITO, soldado famoso; Coronel de Guerra, Héroe Nacional. A los veintiún años obtuvo Melecio Marquez la libreta que le acreditaba ciudadanía, con derechos y deberes patrios. Así salió a ejercer la vida posible en la Ciudad de la Llanura. Con familiar confianza, le pidió a Rosendo Tito que lo llevara ante la presencia de Adán, el hombre de La Tierra. El coronel dijo que sí, “con especial agrado, pero será en una semana”, agregó. A la espera del tiempo propicio para el viaje, tuvieron oportunidad de conversar e intercambiar experiencias. Hablaron de Abra Hermosa, de familiares y gente amiga. Hablaron de Adán, el hombre de La Tierra. 
Acompañado por el coronel Rosendo Tito, el ciudadano Melecio Marquez fue recibido en el escritorio del administrador general de los bienes y negocios de Adán, el hombre de La Tierra. En el mismo acto fue puesto en funciones. Desde allí, durante medio siglo, administró y sostuvo la expansión de campos de cultivo, el aumento de la hacienda y la demanda de una abundante producción agropecuaria, tanto local así como nacional e internacional. La floreciente economía de campos y estancias, se transformó en bienestar y desarrollo superlativos para la región. Todos los banqueros pretendían con ansiedad y cierta codicia, guardar los voluminosos montos de divisas acumuladas en constantes operaciones de exportación, del silencioso magnate criollo en las bóvedas de sus bancos, al ver las publicaciones de organismos de estadística local e internacional. Especialmente los del primer banco de los Estados Unidos de América establecido en la Ciudad de La Llanura. 
DE HINOJOS ante el ataúd, Melecio Marquez miraba la expresión amable en el rostro yerto de Adán, el hombre de La Tierra. Hacia la media hora, empezó a balbucir; hasta que brotó de su boca una voz lejana, que se esclareció de a poco y se oyó grave, pero nítida y clara. Tulús, agazapado detrás del mudo piano de cola, salió de su modorra, para oír: “No fue Adán porque sí, el hombre de La Tierra. La Gloria del creador quiso honrarnos con su espíritu magnánimo y su ánimo inquebrantable. Desde el fardo de heno que me protegió del miedo, niño de ocho años de edad, lo veo blandiendo su katana como un samurai. También lo veo saliendo de Abra Hermosa para jamás volver”. 
MELECIO MARQUEZ supo que su compadre y amigo del alma se adelantaría en el Camino del Señor, cuatro horas antes que la noticia fuera comunicada a parientes, amigos y bienhechores, en el mediodía del domingo que resultó día dieciocho después del cumpleaños número noventa y dos de ADAN, el hombre de La Tierra; mítico líder de ABRA HERMOSA. Fue a las ocho y media de ese mismo día, cuando volvía de la misa de siete y vio a su compadre y amigo del alma leyendo en el balcón de su dormitorio, a la hora en que debería estar volviendo del templo. Lo vio de lejos, por encima de los muros cubiertos de buganvillas rojas y rosadas, a unos cuarenta metros de distancia. Al verlo, intentó llamar su atención. Cuando eran jóvenes, se convocaban con agudos y potentes chiflidos. Lo recordó con inesperado rubor. La diferencia de edad, entre ambos, era solo de ocho años, pero eran el hombre leyenda y el rapsoda. Lo había imaginado enfermo, en cama. “Imposible, jamás estuvo enfermo, no se acuesta de día”, recapacitó. También pensó en cruzar la calle, entrar y sentarse a desayunar con él, como cada domingo. Lo pensó tanto, que pasó de largo por delante de la entrada privada de La Mansión y empezó a bajar la pendiente. 
Como nunca antes, en medio siglo, había escuchado la Santa Misa y había recibido la hostia, solo. Llegando a la Avenida del Río, al final del trayecto de ciento cincuenta metros de pendiente, antes que la imagen del amigo se le desapareciera en lo alto, giró y levantó la vista. La sostuvo un momento. El divisado lector de La Biblia no se habrá dado cuenta de nada. A lo lejos, su perfil se confundía con las almenas grises de los muros perimetrales del predio. “Él está bien”, se dijo. Pensó que podía ser una imagen virtual o una visión, más allá de lo explicable; como muchas de las que había tenido en los últimos tiempos, que le hacían presagiar nubarrones oscuros. Siguió su camino, sacudido por una idea... ”talvez no lo volveré a ver… por lo menos hasta el domingo…”, pensó y sonrió para consolarse de una repentina tristeza.
Siguió caminando, para superar las ocho cuadras que lo separaban de su residencia. Agobiado por la resolana matinal, densa y húmeda, se detuvo en la vereda sin pavimento, frente a la notable fachada de arcadas y galerías coloniales de su propia casa. Contempló paternalmente cómo los niños, sus nietos y bisnietos, salían para reunirse con otros niños de la comunidad en la sala del catecismo. Cruzó la calzada y entró. Una colaboradora de la familia, sorprendida de verlo llegar cuando debería estar en casa de Adán, el hombre de La Tierra, le abrió la puerta, le sirvió el desayuno y le acompañó, en silencio. “¿Dónde están los demás?” Preguntó Melecio Marquez. “Fueron a comprar patos”, respondió la señora. 
Sus hijos llegaron alrededor de las diez y media. Encendieron fuego y atizaron el horno, con abundante leña. En la cocina preparaban arroz con queso, al tiempo que hervían yucas, papas y choclos. “Pongan plátanos, papas, camotes, jocos y yucas al horno”, sugería alguien. A las doce, todo estaba a punto. La mesa había sido preparada para el almuerzo de la familia. Volvían los niños del catecismo. Antes que Melecio Marquez saliera de su biblioteca, para sentarse a la mesa, a la hora del almuerzo, el mayor de sus tres hijos atendió el teléfono. La llamada duró diez segundos y fue motivo de una breve reunión con los otros dos. “No es conveniente hablar hoy con papá”, dijo el menor de los tres y los otros dos estuvieron de acuerdo. Almorzaron casi en silencio, en absoluta austeridad; como no había sucedido en muchos años. Sólo se oían voces de niños y los discretos límites impuestos por las madres. Melecio Marquez estuvo casi inapetente. Notó que sus hijos comieron poco. Antes de levantarse de su silla, bebió una copita de limoncello italiano y volvió a la biblioteca. Allí se quedó, toda la tarde; hasta que la casa fue desierta. 
Por el contrario de cualquier otro domingo, no le interrumpieron la lectura ni le propusieron café con jallullas y cuñapé ni merienda ni nada. Sin averiguaciones ni consultas, a las veinte fue a su dormitorio. Abrió las puertas del ropero, todas a un tiempo. Parsimoniosamente, colectó prendas para salir: una camisa color púrpura, un listón de seda negra para el cuello, traje negro de tres piezas más un sombrero de copa, también negro y una capa de raso negro forrada en seda roja. Se vistió con esmero y bajó al recibidor. La casa estaba desierta. Hasta los muebles parecían ausentes. Salió al jardín y sintió el profundo aroma de la noche. Estaba solo. Volvió al recibidor, abrió la portezuela del bar y se sirvió una copita de cointreau francés. Se acomodó la galera, tomó su bastón, acarició la pulida empuñadura de plata y salió por la puerta principal. La calle también era desierta. En el camino, pensó la oración fúnebre.

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