BALADA PARA UN SOLDADO

2.- Égloga

Fue Melecio Marquez, niño espósito, aprendiz de pastor, el primero que divisó el pelotón uniformado que ingresaba por la boca de herradura de Abra Hermosa.  Alguien había dicho que el pastorcillo tenía ojos de lince, aunque a nadie le interesaba saber de qué tipo de animal se trataba. Quienes afirmaban que era un felino, no lo asimilaban al gato ni se molestaban en imaginar en qué grado éste sería pariente de la onza. Los alegres pastorcillos clavaron la mirada en la polvareda, cuando el agudo grito de alerta salió de la poderosa garganta infantil y rasgó la mañana soleada: ”llegaron los reyes…”  y echaron a correr, monte abajo, en zigzag, casi rodando; como un alud en la pradera que, como los palcos de un enorme coliseo, se multiplicaba desde la platea natural que sostenía el poblado, hasta la cintura del monte que, visto desde una nube, seguramente era el delineado perfecto de la base de una herradura de caballo, hecha toda de cedros, araucarias y pinos verdes.

Fue un solo grito, pero resonó también en los oídos de las mujeres que atizaban el fuego de sus hornacinas hacia la media mañana. La polvareda era sólo la pesada estela terrestre que alimentaba el tropel de cinco caballos que no parecían apurados por llegar a ninguna parte.

“Llegaron los reyes…” repitieron a coro los niños en el patio trasero del templo consagrado a la Virgen María del Santísimo Rosario, durante la clase preparatoria de la fiesta de los reyes magos de oriente y emprendieron una frenética marcha hacia la Plaza de Armas. Casilda López, la catequista, ni siquiera tuvo tiempo de cerrar un antiguo ejemplar del Nuevo Testamento, antes de levantarse y abandonar el volumen incunable sobre la mesa de su improvisada cátedra.

“Comadrita, llegaron los reyes…”, le dijo el Tío Gerónimo a doña Rita Noble, en medio de vísceras revueltas, lonjas de piel pelada y tocino blanco de cerdos caseros. “¿A qué vienen?” Preguntó la mujer, sin levantar la cabeza ni dejar de empujar con un bastoncito de pino la carne condimentada, aromatizada y mentolada con hierba buena en los intestinos resecos que le servían para embutir los chorizos.

Era un domingo soleado y seco, como tantos de tiempo estival en Abra Hermosa. La misa había concluido a las nueve de la mañana y, a la hora que Melecio Marquez divisó la “cabalgata de los reyes” que empezaban a ingresar al Pueblo, el Padre Amako Hiroaki, cura de Abra Hermosa, repartía hostias en un poblado vecino, a media legua de allí, monte abajo, afuera de la herradura.

El grito de Melecio Marquez llegó también a la cancha de fútbol del Club del Progreso, donde los jóvenes forcejeaban en los encontronazos de pelota dividida y buscaban el espacio para descargar el latigazo crispado de la pierna hábil sobre el balón gastado de marca tradicional. Sin embargo, sólo Ña Palmira escuchó el alerta, agudo y penetrante que, para llegar a sus oídos, había rebotado de la corteza salina de Abra Hermosa, del lado opuesto a las faldas interiores, verdes y cultivadas de la herradura. Lo percibió con tanta nitidez que pensó en un anuncio celestial: “llegaron los reyes”. El estremecimiento de su cuerpo le aflojó los dedos y el pedazo de empanizao se le cayó en la tinaja de guarapo fresco que sería ofrecido a los peloteros, a la conclusión de la primera parte del partido que se jugaba sobre un finísimo césped recortado con una herramienta hecha de tres guadañas yuxtapuestas en el mango que hacía de eje entre las hojas de corte y un durísimo engranaje de cuchi. Los arcos de ángulos rectos, habían sido construidos con gruesos y bien pulidos listones de cedro artísticamente labrados a gubia y machete.

Los padres de familia y algunos hombres que habían vuelto heridos, discutían el texto del escrito que debía llevar El Corregidor a las autoridades del cantón, relativo especialmente a los honores adeudados a los Héroes del Pueblo que habían expuesto en La Guerra sus vidas en defensa de la frontera nacional.  Lisardo Antunes estaba diciendo que Abra Hermosa le había “dado muchos soldados a La Patria, que no volvieron ni de la Guerra de finales del siglo XIX ni de la invasión amazónica de principios del siglo XX ni de la reciente”, cuando escuchó el agudo grito de un niño. Instintivamente, interrumpió su discurso para que todos oyeran el grito penetrante de Melesio Marquez. Todos pensaron que los tales reyes vendrían cabalgando (¿Camellos?) y seguramente habrían de dirigirse al templo consagrado a la Virgen María del Santísimo Rosario…

“No son los reyes sino los militares que vienen para llevarse a los Hijos del Pueblo…”  gritó la Señorita Eneida, directora de la Escuela Manuel María Caballero, que hacia la media mañana limpiaba de malezas los jardines florecientes de rosas, dalias y claveles de La Plaza de Armas, con ayuda de las alumnas de sexto curso. El lento y pesado tropel de cinco caballos cansados, con cinco jinetes polvorientos, se despegaba del horizonte y se mostraba en la avenida principal, ajeno a cualquier modo de bizarría y menos aún de solemnidad.

La cabalgata que Melecio Marquez había divisado desde la cintura del monte, no era la anticipada visita de los reyes magos sino el pelotón de reclutamiento que pasaba por Abra Hermosa, con el expreso mandato de obligar a los jóvenes de diecinueve años a tomar las armas en defensa de la paz que se estaba logrando con sacrificio y no fuera que por algunos remisos volviera el estado beligerante que, como después se supo, había terminado con la vida de varias decenas de miles de jóvenes.

En su desenfrenada carrera hacia la Plaza de Armas, los pastores pasaron por la cancha de fútbol del Club del Progreso y la vieron desierta. Los jóvenes que veían el partido, sobre la margen del campo de juego, en la parte más alta de Abra Hermosa, estallaron en una diáspora indefinible, cuando los jinetes vestidos con uniformes militares desmontaron, pesadamente, de sus cansadas cabalgaduras. Los jugadores vieron desaparecer al público mientras “el zurdo” descargaba un latigazo con su pierna derecha sobre el gastado balón de cuero que, en raudo recorrido, se le escurría entre las manos al arquero. Previendo algo malo, abandonaron el balón bajo el arco y desaparecieron entre los árboles frutales del carmen y las innumerables quebradas que se descolgaban de la montaña, cavando cauces cavernosos; dejando una sucesión de leves barrancas en su recorrido hacia la boca de herradura de Abra Hermosa.

Hombres de uniforme militar y armas de guerra, llegaban por primera vez a un Pueblo más que tricentenario, con la consigna de reclutar jóvenes, omisos y remisos para el Ejército Nacional, que estaba obligado a conservar la paz, después de la guerra.

ABRA HERMOSA había surgido en los mapas imaginarios de la conquista española en los primeros años del siglo XVII. Fue durante los primeros días de mil seiscientos doce, mientras el Maestre de Campo don Pedro Lucio Escalante y Mendoza descansaba, con su tropa conquistadora, bajo un bosque de coníferas; sobre el curso que habría de tener la ruta que uniría la Villa de Oropeza con la Tierra Desencantada que fue la Ciudad de la Llanura. Pensó el maestre que, una vez establecida la ciudad que por Cédula Virreinal del Marqués de Montesclaros debía fundar, subiría hasta la abra que, como una pincelada verde, sobre los montes cordilleranos, se veía desde el camino. Era un cáliz de brillo esmeralda, que la mano del Creador había depositado entre las gibas de la Cordillera Oriental, pintada de ocre, marrón, verde musgo y terracota. “Creo que en la copa de aquél monte hay una abra muy hermosa y allí podría uno sentirse más cerca del cielo”, pensó el Maestre y, aunque nunca se supo si alguna vez intentó llegar, algunos soldados le oyeron masticar sus pensamientos. Desde aquella mañana soleada, bajo los bosques de coníferas, tanto los soldados de Escalante y Mendoza así como los nativos, tomaron la referencia como un hito, la dibujaron en sus mapas de exploración y conquista y empezaron a llamarle Abra Hermosa.

Muchos años después de la muerte del Maestre, se realizó la primera incursión documentada por la memoria popular, en busca de un camino hacia Abra Hermosa. Sólo podía suponerse la existencia de muchos árboles maderables, pinos, araucarias, tipas, cedros, quebrachos blancos, nogales…  palmeras zunkha. Lo demás era pura ilusión conquistadora. No obstante, acercarse al cielo, según la idea de Escalante y Mendoza, podría ser un ascenso sinuoso y muy escarpado; obstaculizado por la topografía, caprichosamente acanalada por venas abiertas de agua cristalina.

Fue doña Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario, esposa de Eliseo Maidana, arcabucero sordo que sabía leer el movimiento de los labios a falta de oídos, la que pensó en reunir una recua de cuarenta mulas y seguir el curso del rio en otoño o invierno, hacia Abra Hermosa. No era sólo la necesidad de sentirse más cerca del cielo, sino la idea de tener un lugar propio para establecer un pequeño reino o por lo menos un ayuntamiento propio.

Un diez y seis de agosto, al concluir la misa de acción de gracias por el aniversario del “Ángel Custodio de Saipina”, muchos años después del enigmático murmullo del Maestre de Campo don Pedro Lucio Escalante y Mendoza que su soldado de confianza, el sordo Eliseo Maidana, leyó en sus labios, cuarenta cristianos, entre hombres y mujeres, con cuarenta mulas, emprendían la escalada del monte que, como un cáliz divino, sostenía la copa verde que ya había hecho fama como Abra Hermosa. Fuera de los cuarenta, ninguna otra persona del Ángel podía suponer otro destino que no fuera la Tierra Desencantada de la llanura. Eliseo Maidana y su esposa Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario, habían organizado la expedición en secreto, con familiares cercanos y servidumbre; por lo que preferían que la gente creyera que la familia se mudaba a plantar caña de azúcar en las brechas orientales.

Cada vez que levantaban la vista, más hermosa les parecía Abra Hermosa. Pese a que, durante la primera jornada tuvieron que librar una durísima batalla con los equinos híbridos. Las mulas, empujadas por los arrieros hacia el sur, se empecinaban en continuar hacia el sudeste; las dos primeras leguas sobre la planicie y la siguiente, trepando una pendiente que se descolgaba hacia un abismo verde en dirección noroeste. El paso seguro de las mulas, terminó en un río de lecho empedrado con displicencia, cuyo caudal parecía renovado y en aumento. De las aguas que avanzaban alborotadas y rebotaban sobre las piedras, surgía un concierto cristalino que se enredaba en la naturaleza sufrida del invierno y se manifestaba en un ballet de peces de colores que sacaban el cuerpo a media vara de la superficie para darse un baño más de sol, antes de que el disco amarillo se fuera por detrás del monte. La corriente implacable que seguramente venía del corazón de Abra Hermosa, en poco tiempo empezaría a empañarse. No obstante, el agua entre las piedras seguiría cantando… toda la noche.

Durante los dos días siguientes, los cuarenta cristianos con sus cuarenta mulas, no se desviaron más de cien varas de la corriente. El ascenso, cada vez más lento, tuvo pausa cuando alcanzaron una estrecha meseta y unas cuevas en el monte. Allí descargaron los animales e hicieron campamento para descansar dos noches y un día. Sin embargo, Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario y su hijo de veinte años, aprovecharon el día para explorar la meseta. En algunos tramos de su prolongación alrededor del monte, la pendiente era como una falda que se descuelga casi vertical. En otros, había pequeños acantilados, hacia abajo, que se detenían en un colchón verde, que no eran pasto ni verdes olas sino familias de coníferas sobre las que reverberaba el sol. Sin embargo, estaban seguros de llegar a la abra. Descontaban que las mulas encontrarían el camino.

El quinto día, el veinte de agosto, el monte boscoso reveló la postrera dureza del invierno. Los expedicionarios no sintieron sino la ansiedad de llegar a destino. Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario emprendió en sentido opuesto de la ruta que había explorado el día anterior, ya que, a seis horas de escabroso recorrido, ella y su hijo se habían encontrado con un quiebre abrupto de la estrecha meseta que, como una terraza, les había mostrado los profundos abismos que exhiben un paño verde, sin siquiera alguna huella del otoño o inclemencia del invierno. Tan profundo verde; como dicen que son las esmeraldas talladas en enoedro. Las mulas no se resistieron. El recorrido que trazaban, era una espiral que subía lenta y constantemente.

Durante las últimas horas del mismo quinto día, temieron no encontrar un sitio apropiado para acampar; desde las tres de la tarde marchaban lentamente y en fila. Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario sostenía las bridas de la primera mula, Acémila, por derecho propio. Las otras treinta y nueve, eran parecidas, pero todos coincidían en que Acémila, así fueran lo mismo todas las demás, era única. Dueña y señora de la especie. Algunas mujeres también marchaban al lado de una mula y sostenían las bridas, pero no era necesario, la capitana, Acémila, hacía camino al andar.

La columna era una traza de serpiente de unas trescientas varas en escalada incesante. Bien entrada la noche, bajo la luminosidad fantástica de la luna y la crudeza postrera del invierno, se detuvieron delante de unas arcadas que se habían producido en sucesión sobre el cuerpo del monte, excepcionalmente sin vegetación en esa parte, como cuevas de jucumari, el oso de anteojos. Eran muchas. Algunas enormes. “Aquí está la mancha rojiza que se ve desde el camino al Ángel…”  murmuró el sordo Eliseo Maidana. Nadie veía lo mismo que él.

 Acamparon a la intemperie, pese al frío, sin atreverse en las cuevas. Una tormenta de truenos y relámpagos, hacia las seis de la mañana, los obligó a entrar en las aperturas cavernosas que les parecieron más amplias. Eran diferentes de las primeras, estas parecían estancias habitadas en otros tiempos. Había dibujos e inscripciones en las paredes de granito de la cueva más amplia. En otras también. El piso era alisado y tenía una cátedra en el fondo. Allí encendieron la lumbre que fue luego una fogata atizada con ramas secas encontradas en las cuevas. Medio empapados por la tormenta, se acomodaron e hicieron el desayuno con charque asado, tocino, galletas sin grasa y bebida de infusión caliente de retoños vegetales. El humo se fugaba por grietas imperceptibles. El aire resultaba tibio y limpio en las cavernas. Restaurados y entusiastas, sacaron las bandurrias, castañuelas, tambores y panderetas para cantar y bailar, mientras llovía sobre el monte de Abra Hermosa y sobre las gibas ocre, rojiza o verde musgo entre los valles dibujados por la Cordillera Oriental de los Andes.

A las tres de la tarde del día siguiente ya no llovía, pero casi todos dormían profundamente. Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario cantó y bailó, como todos, pero cuando vio el sol radiante del mediodía, montada en Acémila, emprendió el ascenso por una estrecha cornisa natural que como una cinta color terracota, ceñía el cuerpo del monte.

Acémila, fundida en el imaginario éter con su gallarda amazona, recorrió un blando camino de vértigo constante durante seis horas y llegó, entrando la noche, a un enorme prado iluminado por la luna. La mujer, buscó un árbol de tallo grueso, desensilló su mula, se cobijó con el vellocino blanco que traía enrollado sobre la grupa de su cabalgadura y durmió profundamente.

EL PRADO empezó a cantar su increíble sinfonía pastoral antes de las siete de la mañana. El aire fresco del invierno agonizante acariciaba los árboles, el agua y el pasto embellecidos por la temprana inflorescencia de redes rastreras, eran el anticipo de una cercana primavera. Los talluelos de loto sólo eran un anuncio de primicias. Mansamente, casi con delicadeza, una corriente de agua colectaba y acomodaba las vertientes de la cumbre de Abra Hermosa en una laguna de fantasía con pequeñas selvas de nenúfares, hojas de loto, victoria regia y aves de alas enormes y picos vistosos, de todos los tamaños, que sumergían el gracioso cuello para buscar alimento en la parte más alta del lecho de las verdes aguas que, como el profundo mar, proveía de alimento a las especies. Era como un oasis, pero en pleno monte. Varios hilos de agua cristalina bajaban por entre los árboles y en su caprichoso curso, trataban de mirar el cielo para llenarse de sol y reflejar las nubes o subir convertidas en vapor y volver en la lluvia para mantener el verde brillante de las hojas de los árboles que, a la distancia, producían el efecto encantador que al Maestre don  Pedro Lucio Escalante y Mendoza le hizo ver una Abra Hermosa en aquél paraje ignoto; en el que creía la posibilidad de acercarse al Cielo, pero que ni siquiera sabía cómo era posible llegar.

Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario, abrió los ojos y pensó que soñaba. Era como si la primavera hubiera surgido ya en Abra Hermosa y esperaba que ella la bajara de allí para el disfrute de todos los mortales. Se levantó de su improvisada cama, enrolló el vellocino blanco y sin hacer ninguna pausa, sacó de sus alforjas una bolsita tejida en lana cruda y tomó de ella, con el pulgar y el índice de su mano derecha, un dibujo hecho por experto pulso en un girón de seda blanca con brillantes colores de tintas vegetales. Sostuvo el girón con agudas espinas sobre la corteza, en el tronco del árbol que le había servido de aposento, en la barranquilla de la laguna y, de la misma bolsita tejida en lana cruda sacó el denario creado por Santo Domingo de Guzmán, todo hecho de cuentas de hueso unidas con finísimos hilos de seda. El crucifijo también hecho de hueso blanco, inmaculado, como si fuera mármol. De rodillas, con la cabeza inclinada, el mentón sobre el pecho y los ojos cerrados, permaneció tanto tiempo… hasta que sintió contracturas en el cuello, una tabla de clavos debajo de las rodillas y un pesado entumecimiento en sus piernas. En silencio, se dejó caer sobre la hierba. Sólo se levantó cuando dejó de sentir contracturas, calambres y adormecimientos. Se puso de pie y habló: “esta abra, esta laguna, este lugar, que la Gracias del Señor nos ha permitido alcanzar, ahora nos pertenecen. Las tomamos en nombre de Dios y de Nuestra Señora del Santísimo Rosario”. Miró el Cielo y luego la imagen de La Virgen dibujada sobre el paño de seda blanca, sostenido en el tronco del árbol con cuatro agudas espinas, desde sus verdes ojos, sumergidos en la fuente de lágrimas que sostenían sus párpados. 

Eliseo Maidana notó la desaparición de su mujer a las cuatro de la tarde, al despertar. Ni para él ni para nadie resultaba extraña la ausencia de Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario. Desde el primer día, Ella sostenía las riendas de Acémila y comandaba la marcha hacia Abra Hermosa. Hacia el crepúsculo, se reinició la tormenta de truenos y relámpagos de la noche anterior, no llovió, pero bajó un frío que helaba las mejillas y las manos. No había señales visibles de ningún inminente arribo. Todo el tiempo, todos los expedicionarios, miraban hacia arriba de un supuesto camino, pero nada surgía de la oscuridad. Por encima del monte, la luna brillaba de nuevo. Plenamente.

La mañana siguiente fue espléndida, pero las lluvias volvieron después del mediodía y siguieron cada día, desde la madrugada y hasta la noche, durante una semana. Bajo la lluvia, era imposible avanzar, había corriente de aguas de lluvia en todo el cuerpo del monte. En las cuevas, se cantaba, se bailaba y se mataba el tiempo con aguardiente de caña dulce.

El noveno día, después de la desaparición de Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario, un sol esplendente mostraba montes y montañas aplacados por el invierno. El frio se había quedado en la naturaleza comprimida del camino a Abra Hermosa. Eliseo Maidana dialogaba con todos, tratando de convencerlos de que su mujer estaba bien y seguramente ya había llegado a Abra Hermosa. Emprendieron la marcha, pero un derrumbe los detuvo. Tuvieron miedo de rodar por el monte escarpado. Intentaron labrar un camino. Lo hicieron durante todo el día, pero avanzaron sólo treinta varas. Volvieron a las cuevas. ”Debemos esperar que la tierra endurezca de nuevo, ha llovido mucho”, dijo el bachiller Eulogio Luque. Aguardaron tres días, había empezado la temporada de heladas y sequías primaverales, antes de reemprender el ascenso.

EULOGIO LUQUE propuso que la marcha fuera de a uno y espaciados en cincuenta varas. Todos querían ser el primero, nadie tenía miedo de caer a la espesura pasiva del monte aún invernal. Orgullosa y decidida, Prisca del Bosque dijo: “iré yo. Tengo muchos años a cuestas y si caigo, será el final, ya he vivido suficiente”. El silencio fue tan profundo, que nadie pudo impedir que la mujer tomara las bridas de su mula Prisca, como ella, y emprendiera la marcha. A lo lejos, vieron la señal de avance. Se podía avanzar cincuenta varas…

PRISCA DEL BOSQUE avanzó cien varas, ciento cincuenta y no fue posible verla más. Hijinio Vela fue el siguiente y le siguieron, cada cincuenta varas, todos los demás. Al final, Eliseo Maidana y antes que él, Eulogio Luque.

A las ocho de la noche, habían hecho campamento en el prado que halló Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario. Pese al invierno agonizante, que todo lo hiela, el agua fluía por la pendiente boscosa y reposaba en la verde laguna y quién sabría decir en qué momento, se evadía por la suave caída que, en vez de formar una cascada, envolvía el cuerpo del monte, hacia abajo, hacia el rio de peces de colores que encontraron al final de la primera jornada, el día de la misa por la Fiesta del Ángel.

Finalmente, estaban en el jardín de entrada a Abra Hermosa, pero allí ya no estaban Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario ni su mula Acémila. Preocupados, le pidieron al bachiller Eulogio Luque que dirigiera el rosario, ante los ojos de Dios y ante el ícono colorido de Nuestra Señora del Rosario, sostenido en el tallo de un árbol antiguo con cuatro agudas espinas vegetales, documento indiscutible y acta fundacional labrado por la primera persona que siempre supo que, en Abra Hermosa, es posible acercarse un poco más al cielo.

Abra Hermosa tuvo la organización de un enclave colonial, “en nombre del rey”, pero jamás hubo de reportarse a ninguna autoridad constituida en nombre de ningún monarca. No obstante, cuando se supo de su existencia, la autoridad eclesiástica pensó enviarle un vicario, pero nunca lo hizo. En el advenimiento de La República, no fue detectada por los organizadores del Estado Nacional, pese a ello, llegaron maestros y adoctrinadores de muchas corrientes de ideas. A semejanza de cantones vecinos, monte abajo, la comunidad se preocupó de tener un corregidor.

Creció y se desarrolló por el comercio con localidades vecinas de los valles circundantes. Al principio con la tala de árboles maderables, la producción agropecuaria, la agricultura extensiva de altura, la crianza y pastoreo de ovinos en medio centenar de rebaños familiares y la especialización en crianza, engorde, faena y comercialización de cerdos con sus derivados.

Algunas familias enviaban sus hijos a otras ciudades de La República. Especialmente a continuar estudios y ejercer talentos. En tiempos de guerra, muchos voluntarios salieron de Abra Hermosa. La autoridad local, un corregidor elegido por La Comunidad, se encargaba de alistarlos. Nunca había llegado un piquete de reclutamiento.

El alerta de Melecio Marquez, niño espósito, aprendiz de pastor, no llegó a los oídos de Adán, el hombre de La Tierra, pero sí el tremendo estruendo de rifles disparados a las nubes por los Soldados del Ejército en Campaña. Fueron cinco cañonazos simultáneos, identificados por El Corregidor como “disparos de fusiles Mauser”, el principio de la diáspora; la definitiva dispersión de los habitantes de Abra Hermosa, en el final de La Guerra. 

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