Torocrespo y Marandipí

Torocrespo y Marandipi (cuento)


Por Hebert Montaño Rosales

La cuaresma llegó al pueblo en medio de temporales y terroríficas rajaduras de rayos sobre el pardo horizonte de presagios tormentosos. Sin embargo y a pesar de las calles casi anegadas y las esquinas pantanosas, tres días después de la primera lluvia otoñal, un camión de la Alcaldía llegó a La Ramada para dejar en el jardín barroso de Melchor Mendieta una pila de caños, un trípode con patas de cinco metros, una polea enorme, un pedazo muy largo de cadena herrumbrada y un pesado martillo de mango acerado que, por la forma, era más parecido al molar de un mortero de laboratorio para preparar pólvora que al martillo de los picapiedra.

En el momento que los peones municipales terminaban su tarea, Marandipi detenía su acompasado paso en la otra orilla de la calzada, delante de la casa de Pepe Alderete y levantaba el cogote de buey enyugado para observar atentamente. “Van a plantar una bomba”, se dijo y, después de balancear los dos cubos de hojalata, desbordados por treinta litros de agua fresca cada uno, colgados de durísimas varillas aceradas, pendiente de los extremos de un palo como de dos metros de cupesí tallado a machete; cuyo eje parecía atornillado a la cerviz del hombre, alto como una torre, echó el paso rítmito y pausado hacia la Calle del Tronco Seco.

A esa hora, Torocrespo llegaba con sus cubos vacíos de veinte litros cada uno a formar fila en la noria de Primitivo. Al oir los ruidos acompasados de los golpes entre caños, levantó la vista y vio que el camión municipal arrancaba lentamente hacia la Calle de la Tujuresera. “Van a planta una bomba”, pensó sin detenerse; porque a orillas de la noria no había nadie y la esposa del secretario de la escuela no tenía agua para preparar el guarapo de empanizao que tanto les agradaba a los niños. “Van a plantar una bomba”, repitió para sí, mientras llenaba sus latas y salía disparado en dirección a la carretera.

Torocrespo era gracioso y dicharachero. Sabía a la perfección la misa en latín y un repertorio fantástico de letras de marchas y canciones militares en inglés, español, italiano, ruso, francés y alemán. Cantaba al los gritos y marcaba el compás a talonazos en la arena. En momentos de distracción, le colgaba grotescamente el labio inferior; hasta dejar al descubierto unos dientes menudos y amarillentos, moteados visibles agujeros negros. Su pelo hirsuto y largo tenía el color de la paja seca que se encontraba en los colchones que por aquél tiempo vendía en el Mercado Nuevo, aunque en realidad era la paja brava de la meseta andina que venía de relleno en los fardos de treinta botellas de cerveza, desde La Paz. Por flagrante paradoja le decían Torocrespo, en alusión al pelo ensortijado de algunas personas. Don Paco Forteza recuerda haberlo visto por primera vez en una parada militara del Regimiento Brown, como ayudante del cura capellán de una guarnición de la selva amazónica, por lo que algunos suponen que pertenecía a algún grupo selvícola civilizado por militares de nuestro Ejército y franciscanos de Alemania.

Era bajito. En el apuro nadie le daba más de un metro y sesenta centímetros de estatura. “Es poco tamaño pa’un guarayo”, dijo una vez don Casiano. El pelo hirsuto era casi castaño y la piel amarillenta; como la cera fresca de miel de abeja extranjera. “Torocrespo come tierra y por eso es sapo, en cambio yo como carne de víbora y por eso me pelecha el cuero tiznao por el sol”, decía Marandipi en alusión al cutis pálido de su colega aguatero y el contraste de los manchones lechosos que el vitiligo le dejaba a él en la piel.

Así como nadie le consultó por su verdadero nombre, tampoco se le conoció familia alguna. Vivía arrimado u un matrimonio ignaciano que había llegado a La Ramada el mismo día que Primitivo trajo a Crisanto, su hijo menor. Como todos vivían pendientes de lo que hacía primitivo, no sorprendía mucho lo que hicieran otros, por lo tanto el nuevo vecino resultó ser el muchacho, sin que nadie hubiera reparado seriamente ni en el matrimonio ignaciano ni en mucho menos en Torocrespo. Muchas mujeres recuerdan también que un día apareció en la fila para sacar agua de la noria, con sus latas de grasa de cerdo “Almagro”, pendientes de un travesaño de cupesí labrado a machete, colocado con precisión geométrica sobre el hombro derecho.

Chuto, el perro de cola recortada que conocía a todos, lo recibió con desconfianza, pero a Torocrespo no pareció importarle mucho. “El perro que ladra también puede ser un amigo”, se dijo con indiferencia, seguramente recordando alguna frase del capellán. Tenía buena musculatura; casi armoniosa. La camisa desbotonada y atada de la punta de la botonera a la cintura, dejaba apreciar un pecho reluciente y bien formado. “Torocrespo es pesista”, decían los mozalbetes. Algunos hombres recuerdan haberlo vista cargando camiones con bolsas de un quintal de azúcar en San Aurelio y ese ejercicio sería la razón de su musculatura. La voz de quinceañero que le servía para cantar letras de marchas militares, nunca sonó para pronunciar su propio nombre ni para comentar edad o lugar de nacimiento. La gente siempre pensó que el pálido sujeto bien representaba unos cuarenta años bien vividos. Lo curioso es que quince años después de su llegada a La Ramada , seguía representando exactamente lo mismo, tenía la misma voz preadolescente, cantaba las mismas letras de marchas militares y no había olvidado una palabra de la misa en latín, cuando ya se rezaba toda en español: “si no fuera porque canta canciones de guerra, no sería mi amigo”, dijo de él alguna vez Marandipi.

No era menos fantástica la vida que se podía intuir en la indiscreta humanidad de Marandipi. Había llegado con unos músicos delante del alevoso bramido de la misma unidad de Flota Galgo que trajo a un famoso cantante de boleros que venía a tomar el tren que lo llevaría a la Argentina. El mismo día que llegó, conoció a su colega músico don Simeón, que además era un excelente hojalatero. El le soldó los cubos que serían su herramienta, a cambio de un clarín de bronce reluciente. Como eran cubos armados con una lata y media de grasa de cerdo “Almagro” de veinte litros, él cobraba por el transporte de tres latas. Sus viajes eran más lentos y más caros, pero eran también más abundantes que los de l otro aguatero.

Marandipi vivía en un pahuichi reseco, al lado de la casa de dos pisos de la viuda Encarna que se pasó la vida regalando ejemplares lujosos de La Santa Biblia que nunca se sabrá de dónde los conseguía. El Padre Pablo siempre dijo que no eran buenos; porque no tenían licencia eclesiástica y aunque él si podía saber la procedencia misteriosa de los libros, se murió de paludismo sin habérselo dicho jamás a vecino alguno. Por el contrario de Torocrespo, dicen que Marandipi sabía leer y escribir, pero doña Encarna nunca quiso darle una Biblia:”Porque no puede haber cristiano con más de dos metros de estatura y semejante fuerza... no me van a decir a mí que cualquiera puede pelechar todo el año y andar con la cara, las manos y todas las partes visibles de su cuerpo como si fuera un mapa, todo pintado de rosado, blanco y colorado. Si fuera blanco y negro sería una vaca holandesa que camina den dos patas...” decía, en tono burlesco.

La casa de Marandipi estaba amurallada por una cerca alta de cuguchi. Había que pasar la tranca de a uno y con precauciones, para no rozar las agudas espinas ni mancharse la ropa con la resina de las carnosos hojas de muralla tan agresiva.”El primer viaje que hago todas las mañanas, es p’a regar mis plantas de cuguchi”, decía Marandipi, toda vez que alguien venía a encargarle agua para bañar a los niños antes de mandarlos a la escuela, a las siete y media de la mañana. No perdía ocasión se sentarse a conversar a la sombra bulliciosa de los arboles de palta del patio de su casa. Relataba episodios de la historia que, según el profesor de la escuela todavía no habían sido escritos. Había estado en la Guerra del Acre, contra los brasileños, en la selva amazónica; había combatido en primera línea en la Guerra del Chaco contra el Paraguay y se había batido a machetazos en los encontronazos erráticos de la politiquería de los años cuarenta y cincuenta. A la vecina que regalaba ejemplares de La Santa Biblia le gustaba arrimarse a la cerca medianera y entrometerse en los relatos de Marandipi:”no le digo... por los años que lleva encima, las víboras asadas a la brasa que se come todos los días y la fuerza del demonio que derrocha, este no puede ser cristiano...” decía, pero al viejo fortachón eso no le importunaba. “En la Fiesta de la Cruz , Marandipi juega’e palo encebao”, decía Torocrespo para rebatir la admiración de las mujeres por la belleza física que pudo haber ostentado de joven aquél aguatero tan espigado.

En la época en que se construía el mercado, detrás del camal, el viejo matadero municipal, el capataz de obra prefería los servicios de Torocrespo y Marandipi. “Estos dos traen cien litros en cada viaje y son capaces de volver dos veces en una hora. Si confío en el carretón de don Casiano, apenas tengo doscientos litros de en una hora”, les dijo a sus superiores, la vez que uno de ellos comentó que no entendía cómo se podría confiar en la provisión de agua si los ajetreos eran un viejito encovado y un muchacho anémico.

El invierno tropical de ese año fue especialmente duro. La Jefa del Distrito Escolar dispuso la prolongación de las vacaciones por otras dos semanas, cuando le contaron que doña Chepa, la anciana portera de la escuela Antonio Vicente Seoane se quejaba de unos dolores atroces en los huesos. Nadie se atrevía a dudar de la certera señal. Ya había ocurrido otras veces. “Cuando a la Chepa le duelen los huesos, póngase un vellón de oveja encima; porque se viene un surazo detrás de otro y otro más detrás de ese”, decía el marido de la portera; hombre que supo jubilarse limpiando cadáveres después de las prácticas de los estudiantes de la facultad de medicina de la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca.
Los obreros del mercado en construcción también se tomaron vacaciones para evitar la caladura de huesos que significaba un invierno con viento sur, que arrastra el frío aliento de La Patagonia hasta sus contrafuertes en la selva amazónica; más lejos aún de las nacientes del Río Paraguay. Don Paco Forteza dijo que era una majadería suspender la vida del pueblo para no exponerse al frío: “en mi aldea, allá en España, se trabaja aún bajo la tormenta de nieve...” comentaba con sorna.

En la casa de Melchor Mendieta los caños de cinco pulgadas que descargaron del camión municipal después de las tormentas que acompañaron el comienzo de la Cuaresma , se estaban llenando de arena y hojarasca. El montón de cadenas, la polea y el martillo, ya formaban parte del piso arenoso del patio. Un día, uno de los hijos de Melchor se atrevió a interrumpir la lectura del catecismo para los niños huérfanos en la sala de transmisión de Radio Comercio para decir que los vecinos de La Ramada estaban esperando que la Alcaldía plante de una vez la bomba, “ya que existe el temor que la única noria del barrio termine por secarse, de tanta agua que le sacan cada día los vecinos, los matarifes del camal y las obras del mercado...” concluyó. En la entrada de la radio lo esperaba el Padre Pablo, medio enojado, para sugerirle que mejor sería que se dedicada a la política. “Nadie está más lejos de Dios que los políticos, por eso tienen tanta necesidad que la gente los vea rezar y comulgar cuando detentan el poder...” le espetó con inesperada energía el muchacho.

Pasó la Semana Santa y nadie supo cuando empezó el invierno, antes de escuchar la composición leída por la Señorita Roma en la hora cívica de la escuela. Ciertamente el remate invernal resultó feroz y la gente acrecentó el crédito de doña Chepa, pero la muchachada pensaba ya en las carrozas de la primavera en el día del estudiante. Las brisas cruceñas formaban, entre la flores, remolinos de aromas vegetales que en La Ramada se mezclaban con el tufo animal de la osamenta tirada en el camal. El tropel de vaquillonas y novillos, en el comienzo de cada tarde, cerraba al paso una parte de la calzada de la calle principal, durante más de una hora. Todos los días, durante esa hora, las mujeres del barrio retiraban brasas y rescoldo ceniciento del horno de barro para hornear pan de arroz, roscas y tortillas de maíz, chima, jallulla o cupañé para acompañar el tazón del café de la media tarde. Don Paco Forteza, el chileno Caopolican Contreras y el padre de Nicanor, se reunían casi siempre en el puesto de doña Dorilda, detrás de los corrales del camal, a la sombra ventosa de un crujiente follaje de turere. “¿Qué tal, don Cao, si nosotros plantamos la bomba..?” le dijo el padre de Nicanor al chileno. “De eso os quería hablar, a vosotros que sois gente familiarizada con la tecnología”, se anticipó don Paco, cuando se dio cuenta que el aludido no podía emitir palabra mientras abría la boca desesperadamente, para airear un poco la quemante empanada da arroz que trataba de saborear.

El último domingo de septiembre, escucharon juntos la primera misa del Padre Pablo y después de cambiar los trajes domingueros por ropas de trabajo, pasaron por la casa de Primitivo para invitarlo a sumarse al equipo técnico que se disponía a plantar la primera bomba de agua en La Ramada. No hizo falta explicación. El trabajo empezó a las nueve de la mañana. Con la dirección del padre de Nicanor, Caopolicán Contreras armó el trípode. Era alto. Resultó una pirámide, de cuyo vértice superior pendía una gruesa argolla para colgar la polea. En un extremo de la cadena fue asegurado fuertemente el martillo. “Hombre, ahora tenemos que forjar un yunque para ubicarlo en la entrada del caño y una punta de lanza calada para acomodarla en la salida del mismo caño. La punta de lanza es el ariete que va perforando la tierra y permite que el caño penetre en las profundidades; hasta llegar al manantial subterráneo; desde donde vamos extraer el agua con la bomba...” explicó, mirando a sus amigos. Se quedaron pensativos un rato, hasta que el chileno dijo:”Hablai como un ingeniero’von. En mi tayer se resuelve fácil toito lo que acabai de sermoniar”.

Durante todo ese domingo, no hubo en el barrio nadie, niño o adulto, que no fuera a contemplar durante horas, la obra de ingeniería de los cuatro hombres más ingeniosos de La Ramada. Pepe Alderete les contaba a todos los que llegaban que el trabajo lo hicieron entre el Chileno y Primitivo. Eso decía Pepe cuando lo sorprendió don Paco Forteza.”Oye chaval, por si no habéis comprendido, aquí trabajó un equipo, ya que según Leonardo, la teoría es el capitán y la práctica es el soldado. Yo conozco la teoría sólamente...” dijo, llevándose el emponchao a los labios para disimular la sonrisa socarrona con la pitada profunda del aroma indescriptible del negro tabaco criollo.

Torocrespo y Marandipi esa tarde aparecieron juntos, sin sus cubos de hojalata. El domingo no trabajaban. Llegaron, permanecieron media hora y se fueron en silencio. Verlos sin sus tremendos cubos llenos de agua, uno a cada costado, era novedosos. Marandipi, algo y encorvado, sobre sus gruesas abarcas de goma de tractos agrícola... Torocrespo, con los pantalones enrollados a media canilla, la camisa desabotonada y atada a la cintura; bajito y descalzo; los dedos de los pies abiertos en ancha abanico y los talones curtidos y encallecidos por la arena caliente de sendas y calzadas precarias de playas tropicales...

El primer domingo de octubre, a las nueve de la mañana, todo el barrio se había concentrado en la esquina de Melchor Mendieta. Dirigidos por el padre de Nicanor y supervisados por don Paco Forteza, todos los hombres del barrio, a su tiempo y de a dos por vez, tomaron el extremo de la cadena para suspender el pesado martillo y dejarlo caer, una y otra vez sobre el yunque ubicado en la boca del caño. Todos, alredeor del típode, seguían con la mirada y acompañaban con el movimiento del cuerpo, la subida del martillo, la violenta caída y el golpe sobre el yunque. Uno a uno vieron desaparecer en la tierra la longitud de nueve caños de cinco metros de largo cada uno. Un metro del décimo quedaba sobre la superficie cuando empezó a brotar un líquido marrón. “Esto es petróleo”, dijo don Paco. La gente había puesto la vista en el sol enrojecido mientras se amontonaba para mirar de cerca el crepón negro que seguía creciendo en la boca del caño de cinco pulgadas. “Petróleo...” dijeron a coro y estallaron en una risotada de estruendo mientras se atropellaban entre sí para eludir la mojazón que les producía un grueso chorro de agua cristalina que se elevaba por encima de todas la cabezas y caía ruidosamente a tierra desde un auge que doraba suavemente el sol primaveral de las seis de la tarde en La Ramada.

Esa noche, todos durmieron profundamente. Era como si una larga espera hubiera concluido con los músculos extenuados de todo el vecindario. También Torocrespo y Marandipi durmieron profundamente, a pesar de no haber tomado parte en el trabajo comunitario de plantar la bomba. El rengo Carmelo, Pepe Alderete, Melchor Mendieta y sus respetivas familias no pudieron, en cambio, dejar de escuchar, durante toda la noche, el chorro de agua que producía un intenso chapoteo de catarata sobre la enorme laguna que se pudo ver al día siguiente y que impedía el paso; porque había ocupado toda la esquina y formaba un río incipiente que corría hacia el este, en dirección del camal. Cuando Primitivo salió con su camión, estuvo a punto de tomar el rumbo inverso al acostumbrado. Pensó que el agua seguiría saliendo no habría forma de contenerla por varios días. El chileno estaba tratando de forjar algún tapón hasta que la Alcaldía trajera la bomba . A la hora de la merienda, en vez de reunirse en lo de doña Dorilda, don Paco, Caopolican y el Padre de Nicanor se reunieron descalzos y con los pantalones enrollados por encima de la rodilla, alrededor del caño vertiente. Intentaban colocar el tapón cuando paró, delante de ellos, con las ruegas casi anegadas, el camión municipal. Sin decir una palabra, un hombre metido en un traje que parecía de goma, con botas rojas y casco amarillo, los apartó con las manos y sin esfuerzo alguno hizo girar, sobre la rosca de la boca del caño, un tapón también roscado, hasta que no se vio ni una gota de agua. Se secó las manos con un montoncito de hilos de algodón que sacó del bolsillo de su traje y entonces les habló: “Muchas gracias por el trabajo que han hecho... les agradece el Alcalde...” dijo quitándose el caso. “Señor Alcalde, si se dispone de materiales, podemos plantar una bomba en cada esquina”, le dijo el padre de NICANOR. “Creo que no es necesario. Esta será la última bomba que colocamos en la ciudad, en menos de dos meses se iniciará el tendido de tubería para la provisión de agua corriente”, les dijo. Instintivamente, los cuatro dirigieron la mirada hacia el sur y contemplaron con placidez el cáliz de hormigón armado que se recortaba por encima de un paisaje verde y polvoriento. “ La Caja de Aguas ubicada sobre una barranca natural, suelta el agua con mucha presión en todos las direcciones”, les explicó.

En realidad, al pasar la avenida Cañoto, viniendo de La Plaza , hacía tiempo que la gente se había acostumbrado a esquivar, saltar, vadear y hasta había colocado puentes y pontones para atravesar las zanjas inundadas destinadas a las cañerías de agua corriente. La gente siempre pensó que eran las nuevas acequias del pueblo...

Entre noviembre y diciembre La Ramada también se llenó de zanjas. Las lluvias de verano las taparon de nuevo, pero en la siguiente cuaresma en todas las casas ya había un grifo de bronce para sacar un agua cristalina que hacía espuma en las tinajas de tanta presión que tenía. En menos de seis meses el camal fue trasladado a Pampa de la Isla y el mercado funcionaba a pleno. Sobre el relleno de lo que fueron los depósitos de aguas servidas del viejo matadero municipal se trazaban los cimientos de un edificio que sería la sede e un colegio y ya no se veían ni aguateras con enormes tinajas sobre sus cabezas ni el trajinar constante de Torocrespo y Marandipi. Las hormas estaban secas. El agua salía abundante, fresca y agradable de los grifos.

El seis de agosto la gente vio por última vez a Torocrespo y Marandipi juntos en la Plaza Principal. Alguien dijo que después del desfile cívico se fueron a Chané Bedoya en un camión tronquero. Otro contó que se fueron juntos en un camión cervecero a cobrar la pensión de guerra de Marandipi en La Paz. Esta última versión fue corroborada años después por el profesor Raúl Otero, mientras daba su visto bueno para la exhibición, en el Cine Palace, de “Lo que el viento se llevó”. El pudo contarle a don Susano Azogue que uno de sus amigos ministro, el de salud precisamente, vio a los dos hombres en el Hospital Militar. Que es indudable la referencia, ya que se fijó en el vitiligo crónico del “viejito que deja pequeño al Gigante Camacho”, según la observación del ministro. A Marandipi lo habría condecorado el Presidente con el Cóndor de los Andes, sin resolución ni acta, unas horas antes de su muerte, porque un anciano coronel lo reconoció y rescató su foja de servicios en la Guerra del Acre. El hombre se llamaba Medardo Acero y no figuraba entre los héroes de guerra por haber herido de muerte, en discutido duelo mantenido en secreto, a un capitán del Ejército. Moría una semana después de haber cumplido noventa y ocho años. A Torocrespo le atacó el sorojche, el mal de las alturas andinas y por más que sus dientes amarillentos y cariados apretaron miles de hojas de coca, la pena por la muerte de su colega aguatero de La Ramada le paralizó el corazón. “El sumo virtuoso de las hojas de coca sino le curó los dientes chíos, por lo menos le habrá matado la chipazón de gusanos que le chupaban la sangre. La lombrices lo tenían tan sapo al pobre Torocrespo...”, le dijo Arminda el siete de diciembre a doña Encarna, la vecina de Marandipi que regalaba libros de la Santa Biblia , quien le confesó profunda pena por la desaparición de los aguateros del barrio, mientras pesaba con la romana cinco libras de almidón de yuca para amasar cuñapé. “Los voy a encomendar a ambos a la Mamita de Cotoca, en la misa y durante la procesión de mañana...” dijo la mujer, con una hebra de voz que, después de atormentarle el pecho emocionado, se le escapaba de los labios al recordar que muchas veces ella había sido insolente con el gigante devorador de víboras asadas, sin que este jamás hubiera manifestado molestia alguna.

Comentarios

Entradas más populares de este blog