BALADA PARA UN SOLDADO
4. Rapsodia
Cuando quisieron ver
de qué lado venía el galope tendido de dos caballos giraron la cabeza,
desconcertados, a derecha e izquierda, hasta que vieron un pegaso de capa
broncínea volando sobre la cerca espinosa y un jinete despegándose de la carona
para posarse, como un ave furiosa, sobre la pira apagada de la plaza seca del
Club del Progreso. La comunidad alborotada, intimidada deslumbrada, vio el terror
en el rostro de los soldados y lanzó una profunda exclamación de alivio: “el
hombre de La Tierra”.
Fue como el rayo.
Fugaz, momentáneo, rutilante, brillante; deslumbrante. Adán, el hombre de La
Tierra, volando en su alazán, por encima de la cerca espinosa, posándose, como
un ave furiosa, sobre la pira apagada, tomando con sus poderosas manos una
gruesa horquilla vegetal, partiéndola en dos, aterrizando en punta de pie,
girando trescientos sesenta grados, asestando cinco certeros golpes en los
brazos de los cinco soldados, esquivando el culatazo del sargento,
arrebantándole el arma, tomando el fusil por el cañón, usándolo de garrote o
como espada samurai para asestar agudos planazos, como latigazos, en los muslos
de los soldados, desarmando a cada uno, apilando los otros cuatro fusiles con
los pies, retrocediendo tres metros con el percutor a tiro de gatillo e
increpando a los militares. ”¡Suficiente..! Ningún niño irá a la guerra.
Ustedes irán conmigo”.
Sin decir más palabras
ni demandar ayuda ni permitir intromisión, maniató a los cinco soldados
apichonados, maltrechos; casi quebrados por los golpes, montó en su alazán y se
fue a la guerra, silbando la dulce melodía de una desconocida marcha campesina
que pinta el paisaje de Abra Hermosa o quizá de alguna otra abra del Tirol. Los
cinco soldados caminando, casi a tumbos, a dos metros detrás del caballo;
traccionados mediante una reata de crin blanca.
LA VIDA APACIBLE en el
ambiente bucólico de Abra Hermosa había terminado con la llegada de los
soldados del Ejército de La Patria en campaña de reclutamiento, a más de
trescientos años de su fundación. Toda nueva noticia, así fuera de guerra,
llegaba en boca de algún viajero. Toda guerra de La República tuvo en La Abra
sus propios voluntarios, muertos, heridos, mutilados, inválidos; viudas y
huérfanos. No obstante, la noticia del fin de la última guerra llegó en boca de
cinco fusiles Mauser que llenaron de indignación y “acusaron” de “rebeldía” a
toda la población: hombres, mujeres y niños.
Nunca antes hubo en Abra
Hermosa un ambiente de terror frenético. Ni siquiera durante los breves
temblores de la montaña que sólo sacuden sus laderas de pedregullos como el
caballo sacude su capa para espantar las moscas. La mañana de enero en que
llegaron los soldados de La Patria, fue terrorífica. Trágica.
Cuando sonó el
estruendo de cinco disparos de fusil, la señorita Eneida y dos representantes
de los padres de familia, medio asfixiados por el terror, intentaban describir
el tremebundo ambiente que los soldados habían generado en la comunidad:
“reunieron, a empujones y culatazos, a todas las familias en la plaza seca del
Club del Progreso, separaron a las mujeres de sus niños, encañonaron a los
varones, golpearon a los jóvenes que, por ser tan sólo púberes, amagaron alguna
resistencia; fueron sordos a las súplicas del padre Amako Iroaki”. El
corregidor y Adán, el hombre de La Tierra, no terminaron de escuchar el
angustiado reporte. Volaron sobre sus cabalgaduras y salieron, a galope
tendido. Como un ventarrón.
ADAN, el hombre de La
Tierra, era el único vástago de la única familia sobreviviente de la expedición
que Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario había llevado, por primera vez,
a la abra divisada desde el camino que
une el valle con la llanura, en los tiempos de la fundación de El Angel
Custodio de Saipina, por el capitán español Pedro Lucio Escalante y Mendoza.
Había sido huérfano de padre y madre a los 9 años, edad en la que se hizo cargo
de los bienes familiares que eran casi todos los de Abra Hermosa. Sus cuatro
hermanos, al menos seis años mayores que él, congregados en un movimiento
religioso casi bicentenario, aún adolescentes, habían renunciado a todo derecho
y se habían ido, con destino desconocido, para siempre.
Adán, el hombre de La Tierra, siempre fue tratado como
un emperador tibetano. Su lugar permanente era “La Tierra”, un portentoso
establecimiento agropecuario creado por los conquistadores.
LA TIERRA fue
imaginada por Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario como la fuente de
trabajo y producción de 40 personas, que fueron los fundadores y primeros
habitantes de Abra Hermosa. Allí trabajaron todos, en comunidad. Criaron vacas
lecheras, cabras, ovejas, cerdos y aves de corral. Produjeron y comercializaron
quesos tradicionales europeos, cultivaron vides y elaboraron exquisitos vinos.
Construyeron cientos y cientos de colmenares para criar abejas extranjeras
(europeas) y cosechar miel. La crianza, engorde, faena, manufactura y
comercialización de cerdos, fue su gran especialidad y sello de identidad; su
“marca país”.
En La Tierra los
jóvenes aprendían agricultura: cuidaban
ganado, producían alimentos, los transportaban, los comercializaban,
administraban dinero y lo reinvertían. Los que optaban por la continuación de
estudios formales, salían de Abra Hermosa. La mayoría, para siempre. Pese al
constante crecimiento de la población, especialmente por la llegada de
migrantes, en La Tierra siempre hubo trabajo para cada persona que se
incorporaba al ciclo productivo que, por lo general, era desde la niñez. Los
oficios y las técnicas se transmitían por generaciones. La autosuficiencia
superaba toda nueva demanda de una vida apacible, sin necesidades creadas.
EL HOMBRE DE LA
TIERRA, por todo nombre, era preciso y suficiente para identificar al referente por antonomasia;
dueño y señor magnánimo del gran establecimiento ganadero y agropecuario
creado, para los fundadores, por Encarnación Dolorosa del Santísimo Rosario en
el siglo XVII: un joven llamado ADAN en la pila bautismal, que a los 16 años de
edad humilló a cinco soldados del Ejército de La Patria, se fue a la guerra,
dos veces se batió a duelo, contrajo la disentería en la selva seca y sedienta,
la venció con vegetales autóctonos y volvió a la vida civil a los 19 años de
edad.
Desde la muerte de sus
padres, la comunidad empezó a nombrarlo con orgullo, sugiriendo una estirpe:
“ADAN, el hombre de La Tierra”. Ni en Abra Hermosa ni en los valles vecinos se
le escamoteaba dignidad; porque siempre se dijo que fue un “niño prodigio y
hombre de bien”, con aura y estrella propias.
La Señorita Eneida,
maestra y directora de la Escuela Manuel María Caballero, fue su institutriz y
tutora. Le instruyó en gramática española, geometría, cálculo, historia,
filosofía y música. Cultivó en él los placeres de la lectura y le enseñó a usar
la gran biblioteca familiar de incunables organizada, durante medio siglo, por
el bachiller Eulogio Luque. El padre Amako Iroaki lo bautizó, le echó la crisma
en el baptisterio y encendió en su espíritu el fulgor eterno de fe cristiana. Le
enseñó a leer y entender La Biblia, lo formó en artes marciales y lo introdujo
en las páginas del BUSHIDO, el camino
del guerrero. El Corregidor le impartió educación cívica. Compartía con él
diarios y revistas que encargaba a los viajantes y lo instruyó en la
manipulación y el uso de armas de fuego. Urso Andrade, levantador de pesas y atleta olímpico
retirado, fue el entrenador personal que lo introdujo en varias disciplinas
atléticas. Adán, el hombre de La Tierra, resultó de vasta cultura universal, un
potente atleta, excelente tirador deportivo y un jinete de estatura mitológica,
por los genes de su padre y el culto a Belerofonte y su caballo volador. Todo
al mismo tiempo. Su contextura física era monumental.
Cuando llegó con cinco
hombres humillados a rastras a la cabecera cantonal, no encontraron una fórmula
para someter a juicio sumarísimo al joven de 16 años que había derrotado y
desarmado a cinco soldados de La Patria, en lo que dura un suspiro. Era un
episodio de literatura fantástica. Dudosos del relato hilarante del soldado
jefe y de la llegada de nuevas órdenes e informados de la alcurnia de Adán, el
hombre de La Tierra, el comandante optó por sancionar al sargento y los
soldados y enrolar inmediatamente al muchacho. La guerra terminaba, pero había
que garantizar la paz y para eso “había que mostrar el posicionamiento de las
tropas”, de acuerdo con las mentas de jefatura.
Tres años estuvo Adán,
el hombre de La Tierra, en el Ejército de La Patria. Fue licenciado a los 19
años. Cuando le fue dado volver, había entendido el mundo de otro modo.
Repartió bienes a todas las familias e impulsó la ampliación de la enseñanza
escolar, incorporando la secundaria. Planteó la categorización política o nueva
jerarquía para la autoridad comunitaria de Abra Hermosa. También gestionó un
efectivo orden canónico o jerarquía eclesiástica para la capilla de Nuestra
Señora del Santísimo Rosario y su cura párroco. Propuso un vicariato para el
padre Amako Iroaki, nacido en altamar.
En el frente de
batalla, en medio de los suplicios de la selva ardiente Adán, el hombre de La
Tierra había cultivado amistad con los hermanos TITO - Raimundo, Reinaldo y
Rosendo- un trío que había hecho fama entre las tropas; por una vocación
docente que les permitió alfabetizar a decenas de soldados quechuas, aymaras y
guaraníes. Había despertado una profunda admiración en ellos: “por su fortaleza
física y entereza moral”. El mayor de los tres lo imaginó como en otros tiempos
Dumas pensó en “el cuarto”, el joven audaz y valiente.
Cuando los hermanos
Tito fueron a conocer Abra Hermosa, no les alcanzó la fantasía para explicarse
a sí mismos la dimensión mítica de un mortal asimilado por el alma de la
montaña que era hermano, padre, jefe, líder, fiscal, juez y miembro de número
de una comunidad colonial, puesta al día. Fueron asimilados, respetados y
ponderados, como personas ilustradas, pero nunca fueron de allí. Pese a ello,
trajeron a la única hermana de los tres, Atrea Inmaculada, y la casaron con
Adán, el hombre de la Tierra. A su tiempo, ellos fueron también casados por el
padre Amako Iroaki. Raimundo tomó por esposa a la voluntaria italiana Ferruchia
Bruno y se fue a vivir a los valles. Reinaldo y Rosendo tomaron por esposas a
dos hermanas gemelas de La Tierra.
A cinco años de lo que
pareció un formal desembarco de los cuatro hermanos Tito en Abra Hermosa, Atrea
Inmaculada fue víctima de celos y malas artes. Un misterioso mal le produjo la
muerte. Nadie lo dijo en alta voz, pero
el murmullo fue elocuente: “arte de brujas”, dijeron en la comunidad.
Tras breve duelo,
convencidos y seguros de la educación superlativa de Adán, el hombre de La
Tierra, los hermanos Tito se hicieron cargo de organizar la migración del
pariente viudo, a quien identificaban como un ser de una dimensión humana y
social superior, que debía ejercer sus capacidades y lucir sus virtudes en la
Ciudad de la Llanura.
Durante los años que
los Hermanos Tito permanecieron en Abra Hermosa, se había formado un gran
comité deliberante. El Corregidor, la Señorita Eneida, el padre Amako Iroaki,
el atleta retirado Urso Andrade y los mismos hermanos migrantes, se reunían en
La Tierra, al menos una vez en la semana, especialmente para el almuerzo del
sábado. Unas diez personas de La Comunidad, se integraban a las reuniones
semanales. El anfitrión disponía de la mejor producción: carnes asadas,
exquisitos vinos, embutidos, legumbres, tubérculos y dulces diversos. Los
conversatorios eran enriquecidos con invitados de los valles, de la Ciudad de
la Llanura, de otras ciudades de La República y algunas veces del extranjero.
No faltaron músicos invitados y trovadores errantes. Los oradores destacados
fueron, siempre, la Señorita Eneida y el padre Amako Iroaki: fuente de
sabiduría, aún para los visitantes.
La SEÑORITA ENEIDA era
hija única de un matrimonio de pedagogos voluntarios, llegados a La República a
principios del siglo XX, procedentes de Roma. Al final del voluntariado estaba
el retorno a Europa, pero la Señorita Eneida eligió quedarse en Abra Hermosa,
donde había nacido, contratada como institutriz en La Tierra. En la vieja
Ciudad Blanca había forjado su formación enciclopédica y adquirido, en
históricas bibliotecas, una “cultura de vastedad oceánica” (diría el
historiador del poeta helenista). A la manera del rabino, empezó reuniendo a los
niños, casa por casa. Empezaba por enseñarles modos y usos urbanos, conducta en
el hogar, aprecio de la naturaleza, amor a los animales y admiración por los
astros.
Escolarizó a todos los
niños de Abra Hermosa y formó nuevas generaciones de docentes. Organizó la
relación de cada familia con La Tierra y de las familias entre sí. Logró una
única comunidad de niños y jóvenes. Dirigió el aprendizaje, en todas las
especialidades y estableció un fluido relacionamiento con viajantes,
comerciantes y acopiadores de producción agropecuaria. Preparó el manual de
procedimientos para El Corregidor y se ocupó de embellecer cada espacio
comunitario. La abra era como una ciudad, en miniatura; donde todo era
previsto, donde nada podía sorprender.
URSO ANDRADE había
sido campeón de culturismo, levantamiento de pesas y varias disciplinas
olímpicas. Había salido de La República para competir en el extranjero. Cuando
perdió la pierna izquierda en un accidente, pensó en desaparecer de la faz del
planeta, pero supo entre viajantes y comerciantes, de la existencia de un lugar
“cerca del Cielo”, aún no incluído en los mapas regionales. “Es verdad” pensó,
cuando desmontó del manso burdégano y puso su único pie en el suelo
aterciopelado de Abra Hermosa. Allí desplegó todo su talento deportivo y logró
que niños y jóvenes ejecutaran la belleza de la gimnasia y los deportes.
Organizó equipos de competición y tuteló atletas que formaron los elencos
internacionales de La República.
Era, además, Urso
Andrade, un hombre de bien. Inculcó ética y dignidad en la práctica de los
deportes: primero la persona, luego el deportista. Los equipos e individuos de
Abra Hermosa, eran competidores invencibles en la región de Los Valles y
excepcionales en el ámbito de La República. Eran de ejemplar conducta, firme
temperamento y simpatía desbordante.
El padre AMAKO IROAKI
había nacido en alta mar, abordo de un barco chino que zarpó de Shanghái, pasó
por Satsuma y amarró en la costa del Pacífico Sur. Hijo de una talentosa actriz
de kabuki y un samurai rebelde, de la escuela de Saigo Takamori, en el
estallido de la Guerra del Pacífico lo habían traído, aún infante, a la Ciudad
Colonial más alta del Continente. Su
padre, de imponente contextura física, no soportó los rigores del clima frígido
y falleció de hipotermia cuando intentaba una rutina de entrenamiento con
katana en la falda del Cerro de Plata, durante el frígido invierno. Su madre se
ocupó de darle un nombre cristiano, según la tradición católica de Satsuma,
creada por San Francisco Javier, y ella misma quiso ser “Mariya” cuando la
bautizaron. Era también una potente artista marcial con dominio varonil de la
katana. En esas destrezas y habilidades educó a su hijo y, al tiempo que leía
para él La Biblia, también leía el BUSHIDO; el camino del guerrero. Cuando tuvo
edad, a los trece años, ingresó en los claustros del seminario de la
Congregatio Sanctissimi Redemptoris, con nombre castellanizado que aún se
desconoce. A los veinticuatro años de
edad fue ordenado sacerdote. Sin nombramiento ni bendición, se fue a buscar a
los pobres que inspiraron a Alfonso María de Ligorio, para ejercer su
ministerio. Pasó por la Ciudad Blanca, cabalgó varios meses entre sierras y
valles, hasta que un día llegó solo, a horcajadas en su chata cabalgadura, como
un mesias, sin estribos ni montura a la Plaza de Armas de Abra Hermosa.
La gente que lo vio
llegar imaginó que el papa había enviado un sacerdote. Lo dedujeron por la
sotana que habría sido negra y el clériman o cuello clerical que lucía blanco,
como espuma de leche recién ordeñada. Algunos dijeron haber observado una
visible aura angelical sobre la cabellera hirsuta y polvorienta del cura.
Empezaba el segundo lustro del siglo XX. El segundo día de su llegada a Abra
Hermosa, consiguió la aprobación de El Corregidor para construir un templo.
Eligió un terreno apropiado, al oeste de La Plaza de Armas y empezó a cavar el
lecho de profundos cimientos. Hizo bases para dos torres, pero ejecutó la obra
con una artística espadaña en arco gótico para tres campanas, entre las bases.
Las torres eran de base triangular y también tenían campanas, ventanas góticas
y sendas cruces griegas, potenzadas, en el extremo superior, labradas en madera
de los montes chiquitanos traída por un jesuita retirado. La ojiva del ábside,
sobre arcos góticos, era un caparazón calado que iluminaba y aireaba, al mismo
tiempo. La única nave, determinada por la forma gótica de la espadaña, cubría
más de seiscientos metros cuadrados bien iluminados por la naturaleza. Antes
que el padre Amako Iroaki pronunciara el nombre de “San Alfonso” para nombrar
al templo, El Corregidor le enseñó la pequeña imagen “local” tricentenaria,
pero aún colorida, de la Virgen del Rosario.
Los cuatro hermanos
Tito, después de La Guerra, hicieron notables aportes a la organización social,
política y educativa de Abra Hermosa. Los varones fueron docentes y diligentes
diplomáticos, la hermana, esposa de Adán, el hombre de La Tierra, enseñó
dibujo, escultura, alfarería, hilado y tejido. Con la dirección de la Señorita
Eneida, diseñó un estilo propio para las mujeres de la comunidad y convirtió el
Club del Progreso en un centro de manifestaciones artísticas y deportivas
dignas de una gran ciudad.
Raimundo, Reinaldo y
Rosendo Tito supieron de los abigeos Malapita y los persiguieron incisívamente;
hasta arrinconarlos en las cuevas recónditas de la Cordillera Oriental. Les
coartaron todos los espacios y les cerraron algunos caminos del negocio de asnos,
mulas y burdéganos, pero no llegaron a los haras escondidos entre las montañas.
La asfixia de los históricos ladrones de caballos limpió de peligros
desfiladeros y caminos del monte. Muchos optimistas hablaron del fin del
abigeato en la región y dieron por quebrados a los Malapita; autores de atroces
homicidios sin castigo de ley alguna. Por el contrario, ellos mismos, quince
años después, emboscaron a Rosendo Tito en las nacientes del Río Dorado y le
dispararon, casi a quemarropa, por la espalda, medio centenar de proyectiles,
desde cinco carabinas M1, misteriosamente sustraídas al Ejército de los Estados
Unidos.
El asesinato de
Rosendo Tito impuso la tenaz persecución y puesta en prisión de los Malapita.
Fue Adan, el hombre de La Tierra, el perseguidor. Solo, armado de una katana
japonesa y un rifle ligero Mannlincher M95, montado en su alazán, expurgó las
cuevas y cañones de la Cordillera Oriental; hasta atrapar a los cinco hermanos
Malapita. La implacable persecución, fue motivo de otra leyenda: “un jinete en
pena, de día y de noche, recorre los valles sobre un caballo alazán”.
La crónica malquerencia
de los abigeos Malapita con las comunidades de los valles de la Cordillera
Oriental, fue drásticamente degradada por la persecución de Adán, el hombre de
La Tierra. Sabían que había vuelto de la guerra con la experiencia de los
héroes y temieron un enfrentamiento. Sabían que dos veces había resultado
indemne de sendos duelos con armas de guerra. Que en el primero, había
anticipado largamente a su coronel y le había destrozado el hombro de un
certero disparo de Mauser, a treinta metros de distancia. Que en el segundo
había eludido el disparo mediante una acrobática zambullida en sesgo y había
encañonado al oponente, dejándolo sin posibilidad de volver a cargar.
Sabían los hermanos
Malapita que estaban enfrentados a un hombre que ya inspiraba un doble mito,
por lo que extremaron sus precauciones y se cuidaron bien de no tenerlo al
frente. Habrán pensado que conocían, milímetro a milímetro las quebradas,
valles, cañones y cavernas de La Cordillera. Todo les resultaba propicio, hasta
que Adán, el hombre de La Tierra, los arreó hacia un cañón ciego que aquellos
poco tenían en cuenta; porque nunca lo habían transitado, pese a que era
posible escalar el monte y llegar, a través de una boca de chimenea, a una
terraza natural que parecía infinita. Allí no era posible esconder ni
vacas ni equinos. Un lamentable error de
cálculo fue la razón por la que fueron acorralados y expuestos al pie de un
farallón, alto y arenoso. Al encontrarlo, la corriente del rio se zambullía en
la montaña.
En el final del cañón,
cinco contra uno, “será posible resistir” la emboscada inesperada, pensaron. Poco
fue el tiempo de la ilusión. No tuvieron oportunidad de hacer siquiera un
disparo. Una densa polvareda les impidió la visión y les enrareció el aire. La
carabina M95, empuñada por Adán, el hombre de La Tierra, era semiautomática.
Rápidamente desarmados, tras una semiluna de disparos al farallón, que
levantaron una intensa polvareda, supieron de la tremenda potencia de un atleta
y soldado que golpeaba con pies y puños; que blandía y usaba como látigo una
finísima espada japonesa al tiempo que los enredaba con la red de la hamaca
guaraní hecha de hilos de cáñamo crudo, sin darles la mínima oportunidad de
cargar y disparar. Sus carabinas semejaban ramos de flores que se les caían de
las manos y eran alejadas de ellos por los tentáculos de un pulpo que no podían
imaginar; porque jamás tuvieron tiempo de eludir, ni mucho menos contener un golpe.
Los abigeos supieron
apreciar el perdón de sus vidas. Ninguno fue herido de bala, pero todos
recibieron fatales combinaciones de golpes en piernas y brazos. Sus ropas
fueron rasgadas a espadazos y los cortes superficiales las empaparon con
sangre. Atados de pies y manos, fueron llevados ante la autoridad con cargos
por varios homicidios y décadas de abigeato y cuatrerismo, con abundancia de
testimonios y pruebas. La condena fue la máxima prevista por ley. De la cárcel
salieron transformados en hombres comunes y se desvivieron por recuperar
antiguos lazos con los fundadores de Abra Hermosa y fórmulas parentales con
Adán, el hombre de La Tierra.
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